Lo de menos es el monto de las multas... Pudiera pensarse que penalizar a un ciudadano, digamos por ejemplo, con una sanción económica superior al cuarto de millón de pesos —el salario de más de cuatro años de un obrero, o un empleado que gana cinco mil pesos mensuales—, como hizo el Instituto Electoral del Estado, por calumniar a un prójimo, puede ser ejemplar, puesto que invita a los demás ciudadanos a pensarlo dos veces antes de abrir la boca. Empero, una cosa es tener que pagar esa multa del peculio propio... y otra muy diferente cubrir la sanción mediante un insignificante pellizco a las escandalosas asignaciones, ofensivas para el mexicano común, que “por ley” se otorgan a los partidos políticos.
—II—
En ese contexto, en vísperas de la jornada electoral, es un ejemplo perfecto de sofisma (razón o argumento aparente con que se pretende demostrar lo que es falso) la aseveración de cierto personaje —“de cuyo nombre...”, etc.—, en el sentido de que “si queremos democracia, el primer paso es el voto; si queremos dictadura, que no voten”.
El aserto es insostenible. El simple hecho de votar, entendido como pronunciarse a favor de cualquiera de las opciones que se plantean al elector, implica aceptar de antemano el resultado de la elección, al margen de que dicho resultado no concuerde con nuestra preferencia expresada en la boleta. Votar significa aceptar, a priori, el consenso mayoritario. No votar, o anular el voto, significa rechazar a los candidatos o las propuestas —oratoria hueca, literatura barata, vía de regla— de los partidos... Si ese mensaje tácito cobra fuerza, como pudiera suceder esta vez, es probable que se vuelva explícito, y es posible que obligue a quienes gobiernan a enmendar sus conductas abusivas, y, a quienes legislan, a depurar, mediante las indispensables reformas —que la ciudadanía pide a gritos—, los viciados esquemas de gobierno.
—III—
No lo harán por convicción, ciertamente. Después de todo, el cinismo de los poderosos es infinito... Así y todo, pudiera ser que lo hicieran por un mínimo de pudor: un gobernante que alcanza un cargo público con menos de 15% del total de los votos potenciales, sabe que arrastra más de 85% de la reprobación abierta —o del desdén, al menos— del pueblo al que aspira a representar o a gobernar.
ENTRE VERAS Y BROMAS
JAIME GARCÍA ELÍAS
—II—
En ese contexto, en vísperas de la jornada electoral, es un ejemplo perfecto de sofisma (razón o argumento aparente con que se pretende demostrar lo que es falso) la aseveración de cierto personaje —“de cuyo nombre...”, etc.—, en el sentido de que “si queremos democracia, el primer paso es el voto; si queremos dictadura, que no voten”.
El aserto es insostenible. El simple hecho de votar, entendido como pronunciarse a favor de cualquiera de las opciones que se plantean al elector, implica aceptar de antemano el resultado de la elección, al margen de que dicho resultado no concuerde con nuestra preferencia expresada en la boleta. Votar significa aceptar, a priori, el consenso mayoritario. No votar, o anular el voto, significa rechazar a los candidatos o las propuestas —oratoria hueca, literatura barata, vía de regla— de los partidos... Si ese mensaje tácito cobra fuerza, como pudiera suceder esta vez, es probable que se vuelva explícito, y es posible que obligue a quienes gobiernan a enmendar sus conductas abusivas, y, a quienes legislan, a depurar, mediante las indispensables reformas —que la ciudadanía pide a gritos—, los viciados esquemas de gobierno.
—III—
No lo harán por convicción, ciertamente. Después de todo, el cinismo de los poderosos es infinito... Así y todo, pudiera ser que lo hicieran por un mínimo de pudor: un gobernante que alcanza un cargo público con menos de 15% del total de los votos potenciales, sabe que arrastra más de 85% de la reprobación abierta —o del desdén, al menos— del pueblo al que aspira a representar o a gobernar.
ENTRE VERAS Y BROMAS
JAIME GARCÍA ELÍAS