¿“Sin auto”...?

ENTRE VERAS Y BROMAS                

Si alguien, en estas fechas, solicitara licencia para producir, a gran escala, pequeños tubos de picadura de tabaco, envueltos en papel, susceptibles de encenderse por un extremo, al efecto de inhalar por la otra punta el humo resultante de la combustión (un humo que contiene más de 200 sustancias químicas, todas y cada una de ellas nocivas para la salud), difícilmente habría sobre la faz de la Tierra un país cuyas autoridades sanitarias accedieran a otorgarla. Y si alguien, también en estas fechas, solicitara la patente para construir, también a gran escala, vehículos autónomos, adecuados para la transportación terrestre, provistos de ruedas y un motor, generalmente de explosión, cuyas emisiones son tóxicas, potencialmente cancerígenas, y de los que pudiera anticiparse que en relativamente pocos años —unas cuantas décadas, de hecho— pasarían a ser responsables, directos o indirectos, de altísimos porcentajes de las muertes que ocurren en este planeta, además de que desplazarían a los seres humanos, invadiend
o una proporción considerable de los espacios públicos (calles, avenidas y estacionamientos) y aun privados (cocheras), lo más probable sería que dicha solicitud se denegara.

Más aún: en uno y otro casos, a los presuntos autores de tales invenciones se les pondría bajo custodia de sendos especialistas en salud mental: locos así, potencialmente tan peligrosos, no deberían andar sueltos.

—II—

El hecho consumado es que tanto el pequeño adminículo conocido como cigarro o cigarrillo, como el artefacto rodante conocido como automóvil, no sólo existen sino se han convertido en tiranos de la existencia de los terrícolas. Para tratar de liberarse de la esclavitud a que uno y otro los tienen sometidos, los habitantes de este planeta (por alguna ignota razón conocidos como “homo sapiens” y por alguna razón mucho más ignota aún autodenominados “los reyes de la Creación”) promueven, periódicamente,  jornadas —absolutamente fallidas, dicho sea de paso— de hegemonía de la inteligencia sobre la costumbre. “Un día sin humo”, llaman a la primera; a la segunda, “Un día sin auto”.

—III—

Los terrícolas hispanoparlantes suelen aludir a Ambrosio, un asaltante sevillano del siglo XIX, cuya carabina ordinariamente estaba descargada. El “día sin humo” y el “día sin auto” sirven para lo mismo que dicha carabina.
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