“Si yo fuera diputado”

Hace 57 años, Mario Moreno “Cantinflas” patentó, a través de una memorable película, esta frase que seguramente reflejaba la aspiración de muchos ciudadanos de entonces, cuando se forjaba la época dorada del “desarrollo estabilizador” impulsado por el Presidente Miguel Alemán, y de la consolidación hegemónica del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en todos los ámbitos de la política, incluyendo desde luego del Poder Legislativo, en donde no tenía oposición real.

Dice la sinopsis de la película, que “Cantinflas” es “un singular barbero que, entre corte y corte de pelo, recibe lecciones de leyes de un anciano vecino. Éste le propone asesoramiento para defender en los tribunales a los desfavorecidos del barrio. Su éxito en estas lides le procura los votos del distrito en las elecciones a diputado, ya que el otro candidato, don Pulcro, no es aceptado por nadie”. Se trata, pues, de que un hombre bueno, sin intereses mezquinos, sin ambición de poder, sin vínculos con grupos de presión, sin la obsesión de tener un “hueso” del cual vivir a costa del dinero de los contribuyentes, sin el apoyo de un partido político que se constituye en un modus vivendi para gente sin oficio ni beneficio; en fin, un personaje simple y llano del pueblo, se convierte en diputado para servir a los conciudadanos que le dieron su voto.

Así de simple (así de simplista, dirían muchos ahora) es la trama. Así de actual, así de real, así de cruda es la semejanza de lo que entonces buscaba el barbero de barrio, con lo que ahora esperarían los ciudadanos de sus diputados: que hagan leyes justas, eficaces, de alcance general, con visión de futuro, con propósitos igualitarios, con la intención de generar oportunidades de desarrollo humano.

Pero, ahora que el PRI ha dejado de ser un partido hegemónico, ahora que hay competencia electoral y gracias a ella el Partido Acción Nacional (PAN) se ha apropiado de vastos territorios de poder, ahora que se ha creado un nuevo andamiaje institucional que permite una mayor participación ciudadana para influir en la toma de decisiones por parte de los poderes constituidos, los partidos políticos se han propuesto (y lamentablemente lo están logrando) apoderarse de esos instrumentos para decidir por sí mismos, a través del Poder Legislativo, lo que conviene y lo que no a la sociedad. El resultado: partidos fuertes, enriquecidos con dinero público, y controladores de las instituciones que podrían representarles un contrapeso o simplemente ser entidades vigilantes de su actuación.

Hoy en día, los diputados de la LVIII Legislatura de Jalisco discuten si les resulta conveniente otorgar al Poder Ejecutivo 130 millones de pesos al año para incorporar a 347 burócratas al aparato estatal. Hoy los diputados todavía debaten si les son suficientes los 233 millones de pesos que se han autoasignado, para ser ejercidos por sus partidos el próximo año, so pretexto de que habrá elecciones locales. Hoy los diputados pugnan y forcejean para aparecer en la foto, en la tele, en los medios, con declaraciones tronantes, que hacen mediante inserciones pagadas en su calidad de “garantes del bienestar de la sociedad”. No paran sus desfiguros.

¿De veras habrá hoy en día gente de bien que quiera ser diputado?

VÍCTOR E. WARIO / Periodista.
Correo electrónico: vwario@informador.com.mx

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