NUEVA YORK.- La batalla por la reforma al sistema de salud de Estados Unidos ha entrado en un momento clave. En la agenda inmediata del Congreso estadounidense la prioridad es la discusión de los distintos proyectos de reforma al sistema de salud, mientras que el presidente Obama invierte el mayor capital político en este tema como en ningún otro de los siete meses y medio que lleva su joven presidencia.
Del desenlace de lo que ocurra con el debate de la salud en el Congreso dependerá el inicio de las discusiones legislativas sobre la reforma migratoria. En la transitada avenida de las iniciativas de ley, el semáforo está en rojo en este momento para la reforma migratoria, el que cambie a verde obedecerá precisamente de la suerte con la que corra la reforma de salud, y el escenario es bastante gris.
Varios presidentes han tratado de reformar el sistema de salud. La propuesta que hoy tiene Obama no es más que una nueva interpretación y adaptación de las propuestas presentadas por los presidentes Franklin D. Roosevelt (en los años treinta), Kennedy-Johnson (en los sesenta); Nixon y el senador Kennedy (en los setenta) y más recientemente Bill Clinton y la entonces primera dama Hillary Clinton en los noventa. En todos esos intentos —y los que omito—, quienes las han presentado se han tenido que conformar con una agenda mínima de reforma.
Hay varias razones por las que es tan complicado reformar el sistema de salud en Estados Unidos, pero pocas respuestas a cómo hacerlo realmente. En el país que nació bajo un credo liberal del individualismo y el repudio al abuso del poder, la idea republicana de la comunidad se confunde y politiza con una expansión del poder del Estado y un mayor control de éste en lo que es percibido como una decisión individual. En otras palabras, quienes se oponen a la reforma del sistema de salud lo hacen bajo el principio del poder de los estados frente al poder del Gobierno federal, y bajo el argumento de que la reforma que planea Obama sólo creará más burocracia federal, le quitará la libertad de elegir a los ciudadanos y aumentará el papel del Estado en la vida de los ciudadanos.
Adicionalmente, pese a que casi 50 millones de personas no tienen acceso a servicios médicos por no estar bajo ningún plan de cobertura médica, quienes sí lo tienen hoy están conformes con el servicio y con la forma en la que funciona su sistema. Tal grado de aceptación individual ha sido medido desde los años cincuenta, y poco ha cambiado desde entonces la percepción individual sobre el sistema de salud. Por ello, una encuesta reciente de Gallup menciona que 39% de los electores está en contra de la reforma, 37% a favor y 24% no tiene opinión sobre el tema.
Si a eso le añadimos que la popularidad de Obama se está cayendo rápidamente, podemos pensar que el debate en torno a la reforma migratoria, que también calienta los ánimos entre opositores y simpatizantes, tendría un desafortunado camino sinuoso.
GENARO LOZANO / Politólogo e internacionalista
Correo electrónico: genarolozano@gmail.com
Del desenlace de lo que ocurra con el debate de la salud en el Congreso dependerá el inicio de las discusiones legislativas sobre la reforma migratoria. En la transitada avenida de las iniciativas de ley, el semáforo está en rojo en este momento para la reforma migratoria, el que cambie a verde obedecerá precisamente de la suerte con la que corra la reforma de salud, y el escenario es bastante gris.
Varios presidentes han tratado de reformar el sistema de salud. La propuesta que hoy tiene Obama no es más que una nueva interpretación y adaptación de las propuestas presentadas por los presidentes Franklin D. Roosevelt (en los años treinta), Kennedy-Johnson (en los sesenta); Nixon y el senador Kennedy (en los setenta) y más recientemente Bill Clinton y la entonces primera dama Hillary Clinton en los noventa. En todos esos intentos —y los que omito—, quienes las han presentado se han tenido que conformar con una agenda mínima de reforma.
Hay varias razones por las que es tan complicado reformar el sistema de salud en Estados Unidos, pero pocas respuestas a cómo hacerlo realmente. En el país que nació bajo un credo liberal del individualismo y el repudio al abuso del poder, la idea republicana de la comunidad se confunde y politiza con una expansión del poder del Estado y un mayor control de éste en lo que es percibido como una decisión individual. En otras palabras, quienes se oponen a la reforma del sistema de salud lo hacen bajo el principio del poder de los estados frente al poder del Gobierno federal, y bajo el argumento de que la reforma que planea Obama sólo creará más burocracia federal, le quitará la libertad de elegir a los ciudadanos y aumentará el papel del Estado en la vida de los ciudadanos.
Adicionalmente, pese a que casi 50 millones de personas no tienen acceso a servicios médicos por no estar bajo ningún plan de cobertura médica, quienes sí lo tienen hoy están conformes con el servicio y con la forma en la que funciona su sistema. Tal grado de aceptación individual ha sido medido desde los años cincuenta, y poco ha cambiado desde entonces la percepción individual sobre el sistema de salud. Por ello, una encuesta reciente de Gallup menciona que 39% de los electores está en contra de la reforma, 37% a favor y 24% no tiene opinión sobre el tema.
Si a eso le añadimos que la popularidad de Obama se está cayendo rápidamente, podemos pensar que el debate en torno a la reforma migratoria, que también calienta los ánimos entre opositores y simpatizantes, tendría un desafortunado camino sinuoso.
GENARO LOZANO / Politólogo e internacionalista
Correo electrónico: genarolozano@gmail.com