ENTRE VERAS Y BROMAS
¿Quién fue?... ¿Por qué lo hizo?... “Those are the questions”, diría Hamlet.
—II—
La aseveración de que el atentado de la noche del lunes en Morelia, en plena ceremonia de “El Grito”, encaja, al pie de la letra, en el “modus operandi” de los terroristas, se sostiene por el hecho mismo de que los criminales consiguieron el efecto que perseguían: matar inocentes; aterrorizar a la sociedad; exhibir a las autoridades...
Mientras los deudos, con una mezcla de dolor y rabia, sepultan a sus muertos; mientras muchos de los lesionados ponderan las secuelas vitalicias que tendrán que pagar como tributo por el milagro de ser sobrevivientes de la tragedia —una tragedia de la que no puede culparse ni al destino ni a la fatalidad... ni mucho menos a “los inescrutables designios de la Providencia”—, las autoridades recurren al fácil expediente de las declaraciones. Con frases rotundas pretenden restablecer la confianza de la población, como quien silba en la oscuridad para ahuyentar el miedo.
“¡Hasta aquí llegaron...!”, declaró, tronante, en lo que seguramente quiso ser un mensaje a los cobardes que perpetraron el atentado, alguno de los inefables declaradores... ¿Cómo puede sostenerse esa aseveración?... ¿Qué garantía puede tener el ciudadano común de que así será?...
El mensaje de la autoridad es reiterativo: “El delito no paga”... Eso, en el terreno de la teoría. En el de la realidad, cada vez queda más claro que el delito sí paga: más que la actividad lícita ciertamente; y, además, impunemente.
Las aseveraciones de los gobernantes, de que los delincuentes “no nos han infiltrado, no nos han comprado con dinero”, se sostiene como un papel en la pared, pegado con saliva. La baladronada de que “no nos atemorizan” le vienen bien al “servidor público” —pocas veces son tan útiles las comillas como ahora— que se desplaza en camionetas blindadas, rodeado por guaruras. En cambio, difícilmente las hará suyas el ciudadano común.
—III—
Hay una sola manera de restablecer la tranquilidad social y de recuperar la confianza de los ciudadanos en las autoridades: no con más ruido; sí con hechos; con la respuesta puntual —con nombres y apellidos— a la gran pregunta: ¿Quién —y por qué— lo hizo?...
¿Quién fue?... ¿Por qué lo hizo?... “Those are the questions”, diría Hamlet.
—II—
La aseveración de que el atentado de la noche del lunes en Morelia, en plena ceremonia de “El Grito”, encaja, al pie de la letra, en el “modus operandi” de los terroristas, se sostiene por el hecho mismo de que los criminales consiguieron el efecto que perseguían: matar inocentes; aterrorizar a la sociedad; exhibir a las autoridades...
Mientras los deudos, con una mezcla de dolor y rabia, sepultan a sus muertos; mientras muchos de los lesionados ponderan las secuelas vitalicias que tendrán que pagar como tributo por el milagro de ser sobrevivientes de la tragedia —una tragedia de la que no puede culparse ni al destino ni a la fatalidad... ni mucho menos a “los inescrutables designios de la Providencia”—, las autoridades recurren al fácil expediente de las declaraciones. Con frases rotundas pretenden restablecer la confianza de la población, como quien silba en la oscuridad para ahuyentar el miedo.
“¡Hasta aquí llegaron...!”, declaró, tronante, en lo que seguramente quiso ser un mensaje a los cobardes que perpetraron el atentado, alguno de los inefables declaradores... ¿Cómo puede sostenerse esa aseveración?... ¿Qué garantía puede tener el ciudadano común de que así será?...
El mensaje de la autoridad es reiterativo: “El delito no paga”... Eso, en el terreno de la teoría. En el de la realidad, cada vez queda más claro que el delito sí paga: más que la actividad lícita ciertamente; y, además, impunemente.
Las aseveraciones de los gobernantes, de que los delincuentes “no nos han infiltrado, no nos han comprado con dinero”, se sostiene como un papel en la pared, pegado con saliva. La baladronada de que “no nos atemorizan” le vienen bien al “servidor público” —pocas veces son tan útiles las comillas como ahora— que se desplaza en camionetas blindadas, rodeado por guaruras. En cambio, difícilmente las hará suyas el ciudadano común.
—III—
Hay una sola manera de restablecer la tranquilidad social y de recuperar la confianza de los ciudadanos en las autoridades: no con más ruido; sí con hechos; con la respuesta puntual —con nombres y apellidos— a la gran pregunta: ¿Quién —y por qué— lo hizo?...