Esta semana, la tragedia vivida en Haití nos ha recordado la importancia de tomar en serio las advertencias que se dan sobre los riesgos, pues desde hace más de dos años se había anunciado lo que se viviría allí ante la ocasión de un temblor eminente, tal como ha sucedido.
Avanzado ya una década del siglo XXI, es claro que el avance de la sociedad moderna reside en su capacidad para adquirir, transmitir y aplicar conocimientos, y en la disponibilidad de un medio ambiente sano y agradable para hacerlo. Muchos estudios demuestran que la mejor inversión a largo plazo es la que se realiza para lograr una educación de buena calidad.
El nuevo orden impone condiciones a la educación y formación profesional de las nuevas generaciones, y es cada día más exigente sobre la competitividad y vigencia de los conocimientos profesionales; especialmente ante la eventualidad de quedar marginados de los centros de actividad científica y económica. Por esto significa una verdadera tragedia, para todo el país, que cientos de miles de estudiantes de primaria y secundaria deserten cada año de sus estudios, así como el porcentaje reducido de profesionistas que logra terminar y ejercer una carrera profesional de buena calidad.
El conocimiento crece en forma acelerada. En el ámbito de las publicaciones científicas, el incremento del conocimiento es realmente impresionante, pues actualmente circulan 10 veces más publicaciones científicas que hace 100 años. Por ejemplo, tomando como base de referencia los 20 siglos de la Era Cristiana, se calcula que tomó mil 750 años para que el conocimiento se duplicara por primera vez. Hoy, éste lo hace cada cinco años; y hacia 2020 se estima que la cantidad de conocimiento se doblará en cantidad cada 73 días.
Guadalajara, al igual que muchas ciudades similares, también se encuentra en el umbral del desarrollo tecnológico, sustentado muy especialmente en la nuevas tecnologías de la comunicación y la información y en la biotecnología. Se reconoce ampliamente que estamos dejando atrás la era moderna del progreso, en la que la fuente de las ventajas de una ciudad era principalmente el cúmulo de capital o trabajo disponible.
El desarrollo tecnológico ha hecho que paralelamente a la “sociedad del conocimiento” se desarrolle un fenómeno que se reconoce como “sociedad del riesgo”. Nuestro desarrollo urbano y tecnológico actual ha creado nuevas formas de riesgo e impone una peligrosidad distinta a la del pasado. Nos encaminamos hacia una nueva modernidad en la que el eje que estructura nuestra ciudad no es ya la distribución de sus bienes, sino de sus males; no es ya el aprovechamiento de nuestras riquezas, sino la minimización del riesgo y la inseguridad lo que activa hoy a la gente.
Aprender a reconocer y convivir con el nuevo orden de riesgo plantea a nuestras ciudades importantes cuestiones de carácter múltiple. Aparecen, por ejemplo, problemas relativos al papel de los expertos en la elaboración de políticas públicas encaminadas al manejo y regulación del riesgo. Se plantea también la cuestión de la justicia en la distribución social de riesgos y la participación pública en su gestión.
El riesgo se expande a todas las zonas por la expansión de las ciudades sin definir criterios de prevención. Al mismo tiempo persiste la suposición de que la correcta ejecución de obras podría neutralizar los perjuicios de un crecimiento erróneo. El papel de las obras públicas se ha convertido en una cuestión de fe. Su realización aparece como parte de la solución y al final son el origen del problema.
NORBERTO ÁLVAREZ ROMO/ Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx
Avanzado ya una década del siglo XXI, es claro que el avance de la sociedad moderna reside en su capacidad para adquirir, transmitir y aplicar conocimientos, y en la disponibilidad de un medio ambiente sano y agradable para hacerlo. Muchos estudios demuestran que la mejor inversión a largo plazo es la que se realiza para lograr una educación de buena calidad.
El nuevo orden impone condiciones a la educación y formación profesional de las nuevas generaciones, y es cada día más exigente sobre la competitividad y vigencia de los conocimientos profesionales; especialmente ante la eventualidad de quedar marginados de los centros de actividad científica y económica. Por esto significa una verdadera tragedia, para todo el país, que cientos de miles de estudiantes de primaria y secundaria deserten cada año de sus estudios, así como el porcentaje reducido de profesionistas que logra terminar y ejercer una carrera profesional de buena calidad.
El conocimiento crece en forma acelerada. En el ámbito de las publicaciones científicas, el incremento del conocimiento es realmente impresionante, pues actualmente circulan 10 veces más publicaciones científicas que hace 100 años. Por ejemplo, tomando como base de referencia los 20 siglos de la Era Cristiana, se calcula que tomó mil 750 años para que el conocimiento se duplicara por primera vez. Hoy, éste lo hace cada cinco años; y hacia 2020 se estima que la cantidad de conocimiento se doblará en cantidad cada 73 días.
Guadalajara, al igual que muchas ciudades similares, también se encuentra en el umbral del desarrollo tecnológico, sustentado muy especialmente en la nuevas tecnologías de la comunicación y la información y en la biotecnología. Se reconoce ampliamente que estamos dejando atrás la era moderna del progreso, en la que la fuente de las ventajas de una ciudad era principalmente el cúmulo de capital o trabajo disponible.
El desarrollo tecnológico ha hecho que paralelamente a la “sociedad del conocimiento” se desarrolle un fenómeno que se reconoce como “sociedad del riesgo”. Nuestro desarrollo urbano y tecnológico actual ha creado nuevas formas de riesgo e impone una peligrosidad distinta a la del pasado. Nos encaminamos hacia una nueva modernidad en la que el eje que estructura nuestra ciudad no es ya la distribución de sus bienes, sino de sus males; no es ya el aprovechamiento de nuestras riquezas, sino la minimización del riesgo y la inseguridad lo que activa hoy a la gente.
Aprender a reconocer y convivir con el nuevo orden de riesgo plantea a nuestras ciudades importantes cuestiones de carácter múltiple. Aparecen, por ejemplo, problemas relativos al papel de los expertos en la elaboración de políticas públicas encaminadas al manejo y regulación del riesgo. Se plantea también la cuestión de la justicia en la distribución social de riesgos y la participación pública en su gestión.
El riesgo se expande a todas las zonas por la expansión de las ciudades sin definir criterios de prevención. Al mismo tiempo persiste la suposición de que la correcta ejecución de obras podría neutralizar los perjuicios de un crecimiento erróneo. El papel de las obras públicas se ha convertido en una cuestión de fe. Su realización aparece como parte de la solución y al final son el origen del problema.
NORBERTO ÁLVAREZ ROMO/ Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx