Cuando no tengo nada que hacer y mi mente se encuentra despejada, me da por pensar cosas divertidas, a veces estrafalarias, como si hiciera un viaje extraordinario.
Así me está pasando ahora y me pregunto: “¿Y si me hallara en el Paraíso Terrenal?”. No es mal deseo si me detengo a mirar cuánto hay a mi alrededor: pobreza, conflictos, huelgas, desempleo, ilegales, guerras... huyo de todo esto, y de un prodigioso salto me coloco en el Edén. ¿Cómo me lo imagino? Pues lleno de muchas y bellas plantas, animales mansos, pájaros bellos y cantores, lagos y en ellos peces de mil colores. Que me entraba el hambre. Pues ¿qué me gustaría comer? Un plátano, una pera, una sandía. No tengo predilección ni pertenezco al grupo de los tragones. Lo importante es que siempre tendría comida a cualquier hora. No sé si me encontraría por allí a Adán y Eva. Esto me preocupa, pues aunque Dios los hizo muy bellos (contemplen los cuadros de los pintores famosos) también los creó algo tontos. ¿No pensaron nunca en el porvenir? En eso piensa todo aquél que tiene dos dedos de frente. Si hubieran pensado, no habrían comido del fruto prohibido. Y nosotros —¿habríamos nacido?— no leeríamos la Historia
Universal plagada de guerras.
¡Fueron tontos y aquí estamos!
La belleza de esta pareja desdice mucho de los primeros hombres que nos muestran los sabios arqueólogos, deducidos de los esqueletos milenarios que aparecen en sus excavaciones. ¡Qué feos son!
Esto me hace creer que el castigo de su desobediencia fue, además de trabajo y parto con dolor, la fealdad.
Pero feos o no, tenían abundancia de comida. Empezaron la depredación y la contaminación con la primera hoguera y el primer cacharro de barro que fabricaría Adán. Necesitaban calor. Necesitaban tragar algo bien cocido.
Se multiplicaron con demasía. Los descendientes fueron emprendiendo su lucha contra los bosques y toda clase de campos. Cerca de mi vivienda había hasta hace poco unas milpas bellísimas, sus hojas parecían de esmeralda, hoy son terrenos baldíos dispuestos a convertirse en hoteles, bancos o supermercados llenos de productos artificiales con preservativos.
Ya se habla de la próxima escasez de alimentos. Se nota la merma en el arroz, maíz y trigo. Yo sé lo que es ver las tiendas vacías totalmente en tiempos de guerra, mercados negros, acaparadores.
Pienso en esos supermercados con productos de tantos colorines. Ese día que anuncian los preocupados por la falta de tantas cosas necesarias ¿qué comeremos? Yo me respondo: “Pues las paredes de los hoteles de mil estrellas, por ejemplo, ya que ocupan el terreno de las bellas y productivas milpas”.
Que los descendientes de Eva y Adán dejen de ser tontos y piensen y pongan remedio a ese futuro antes de que llegue.
GABRIEL PAZ / Escritora.
Correo electrónico: macachi809@hotmail.com
Así me está pasando ahora y me pregunto: “¿Y si me hallara en el Paraíso Terrenal?”. No es mal deseo si me detengo a mirar cuánto hay a mi alrededor: pobreza, conflictos, huelgas, desempleo, ilegales, guerras... huyo de todo esto, y de un prodigioso salto me coloco en el Edén. ¿Cómo me lo imagino? Pues lleno de muchas y bellas plantas, animales mansos, pájaros bellos y cantores, lagos y en ellos peces de mil colores. Que me entraba el hambre. Pues ¿qué me gustaría comer? Un plátano, una pera, una sandía. No tengo predilección ni pertenezco al grupo de los tragones. Lo importante es que siempre tendría comida a cualquier hora. No sé si me encontraría por allí a Adán y Eva. Esto me preocupa, pues aunque Dios los hizo muy bellos (contemplen los cuadros de los pintores famosos) también los creó algo tontos. ¿No pensaron nunca en el porvenir? En eso piensa todo aquél que tiene dos dedos de frente. Si hubieran pensado, no habrían comido del fruto prohibido. Y nosotros —¿habríamos nacido?— no leeríamos la Historia
Universal plagada de guerras.
¡Fueron tontos y aquí estamos!
La belleza de esta pareja desdice mucho de los primeros hombres que nos muestran los sabios arqueólogos, deducidos de los esqueletos milenarios que aparecen en sus excavaciones. ¡Qué feos son!
Esto me hace creer que el castigo de su desobediencia fue, además de trabajo y parto con dolor, la fealdad.
Pero feos o no, tenían abundancia de comida. Empezaron la depredación y la contaminación con la primera hoguera y el primer cacharro de barro que fabricaría Adán. Necesitaban calor. Necesitaban tragar algo bien cocido.
Se multiplicaron con demasía. Los descendientes fueron emprendiendo su lucha contra los bosques y toda clase de campos. Cerca de mi vivienda había hasta hace poco unas milpas bellísimas, sus hojas parecían de esmeralda, hoy son terrenos baldíos dispuestos a convertirse en hoteles, bancos o supermercados llenos de productos artificiales con preservativos.
Ya se habla de la próxima escasez de alimentos. Se nota la merma en el arroz, maíz y trigo. Yo sé lo que es ver las tiendas vacías totalmente en tiempos de guerra, mercados negros, acaparadores.
Pienso en esos supermercados con productos de tantos colorines. Ese día que anuncian los preocupados por la falta de tantas cosas necesarias ¿qué comeremos? Yo me respondo: “Pues las paredes de los hoteles de mil estrellas, por ejemplo, ya que ocupan el terreno de las bellas y productivas milpas”.
Que los descendientes de Eva y Adán dejen de ser tontos y piensen y pongan remedio a ese futuro antes de que llegue.
GABRIEL PAZ / Escritora.
Correo electrónico: macachi809@hotmail.com