De alcance nacional
Difícil de entender, y más aún de poder explicar para quienes no somos especialistas en materia psicológica, pero quien arremete conscientemente en contra de la población civil, inocente y ajena a sus quehaceres, no puede ser menos que calificado como un cobarde. Por supuesto que no se trata de algo nuevo: los cobardes han existido desde siempre; se pudiera afirmar que son de la peor especie que se arrastra por nuestro planeta. Y aunque en varias partes del mundo su presencia es “el pan de cada día”, en México no debemos de aceptar su presencia.
Ninguna causa puede ni medianamente justificar la cobardía perpetrada en Morelia, Michoacán, en contra de gente inocente e indefensa. Que si el atentado se dio por tratarse de la tierra del Presidente Felipe Calderón Hinojosa (como venganza por la labor que vienen realizando en contra de la delincuencia organizada); o si se trata de un hecho en contra del Gobierno perredista de Leonel Godoy Magaña, posiblemente algún día lo sabremos, pero de ninguna manera se puede aceptar tamaña cobardía.
Así, a la impotencia de las autoridades de los tres niveles de Gobierno para detener la ola de violencia que día con día se multiplica y expande por todo el país, ahora se suma el luto, tristeza, coraje, impotencia y desesperación de la sociedad, que a estas alturas ya debió haberse dado cuenta de que a los delincuentes y cobardes no se les puede detener con marchas silenciosas, por muy luminosas que éstas sean.
Es necesario que todos nos involucremos; que quienes cuenten con alguna información —por mínima que parezca— la reporten al menos telefónicamente para dar y acabar con quienes nos han quitado el sueño y están a punto de arrebatarnos hasta la propia dignidad.
Hoy en día, el miedo de la población civil incluye salir a trabajar; que sus hijos, o mejor dicho, que nuestros hijos vayan a estudiar o a cualquier otro lugar, y a partir del 15 del presente, de acudir a algún tipo de acto multitudinario, en donde uno o varios cobardes puedan atentar en contra de nuestras vidas, sin siquiera tener nada que ver, por el sólo hecho de coincidir en un punto y en un mismo instante con alguno de ellos.
Cobardes, sí, porque jalan el gatillo o lanzan su mensaje de muerte en contra de gente desarmada, a la que ni siquiera se atreven a darle la cara. Sujetos éstos que luego de agredir, lesionar o asesinar, huyen, esconden la mano agresora.
Difícilmente podría aceptar una agresión semejante, aún y cuando existieran de por medio causas ideológicas o religiosas; pero mucho menos, viniendo de cobardes sin más ideología que la que significan unas cuantas monedas y un puño de droga y/o alcohol.
Se trata de cobardes que no merecen consideración y que de ninguna manera pueden, ni quieren rehabilitarse. Si no se extirpa este mal desde la raíz, pronto se convertirá en un cáncer que “matará” a todo el país.
CUAUHTÉMOC CISNEROS MADRID / Presidente de Comunicación Cultural, A.C., Asociación de Periodistas de Prensa, Radio y Televisión.
Correo electrónico: ccmadrid@att.net.mx
Difícil de entender, y más aún de poder explicar para quienes no somos especialistas en materia psicológica, pero quien arremete conscientemente en contra de la población civil, inocente y ajena a sus quehaceres, no puede ser menos que calificado como un cobarde. Por supuesto que no se trata de algo nuevo: los cobardes han existido desde siempre; se pudiera afirmar que son de la peor especie que se arrastra por nuestro planeta. Y aunque en varias partes del mundo su presencia es “el pan de cada día”, en México no debemos de aceptar su presencia.
Ninguna causa puede ni medianamente justificar la cobardía perpetrada en Morelia, Michoacán, en contra de gente inocente e indefensa. Que si el atentado se dio por tratarse de la tierra del Presidente Felipe Calderón Hinojosa (como venganza por la labor que vienen realizando en contra de la delincuencia organizada); o si se trata de un hecho en contra del Gobierno perredista de Leonel Godoy Magaña, posiblemente algún día lo sabremos, pero de ninguna manera se puede aceptar tamaña cobardía.
Así, a la impotencia de las autoridades de los tres niveles de Gobierno para detener la ola de violencia que día con día se multiplica y expande por todo el país, ahora se suma el luto, tristeza, coraje, impotencia y desesperación de la sociedad, que a estas alturas ya debió haberse dado cuenta de que a los delincuentes y cobardes no se les puede detener con marchas silenciosas, por muy luminosas que éstas sean.
Es necesario que todos nos involucremos; que quienes cuenten con alguna información —por mínima que parezca— la reporten al menos telefónicamente para dar y acabar con quienes nos han quitado el sueño y están a punto de arrebatarnos hasta la propia dignidad.
Hoy en día, el miedo de la población civil incluye salir a trabajar; que sus hijos, o mejor dicho, que nuestros hijos vayan a estudiar o a cualquier otro lugar, y a partir del 15 del presente, de acudir a algún tipo de acto multitudinario, en donde uno o varios cobardes puedan atentar en contra de nuestras vidas, sin siquiera tener nada que ver, por el sólo hecho de coincidir en un punto y en un mismo instante con alguno de ellos.
Cobardes, sí, porque jalan el gatillo o lanzan su mensaje de muerte en contra de gente desarmada, a la que ni siquiera se atreven a darle la cara. Sujetos éstos que luego de agredir, lesionar o asesinar, huyen, esconden la mano agresora.
Difícilmente podría aceptar una agresión semejante, aún y cuando existieran de por medio causas ideológicas o religiosas; pero mucho menos, viniendo de cobardes sin más ideología que la que significan unas cuantas monedas y un puño de droga y/o alcohol.
Se trata de cobardes que no merecen consideración y que de ninguna manera pueden, ni quieren rehabilitarse. Si no se extirpa este mal desde la raíz, pronto se convertirá en un cáncer que “matará” a todo el país.
CUAUHTÉMOC CISNEROS MADRID / Presidente de Comunicación Cultural, A.C., Asociación de Periodistas de Prensa, Radio y Televisión.
Correo electrónico: ccmadrid@att.net.mx