¡Qué cerca¡ ¡Qué lejos!

Hasta hace poco este mundo que ocupamos nos parecía muy grande, y no digamos de las distancias que calculaban aquellos antepasados antes del Descubrimiento de América y muchos lustros después.

Hoy, con estas prisas que nos zarandean y estos inventos que en pocas horas nos trasladan de un Continente a otro, sentimos, palpamos y medimos la pequeñez en que hemos convertido a la Tierra. Parece como si se hubieran borrado las distancias. ¿Qué distancias?, me pregunto, pues simplemente las de las noticias, por ejemplo nos enteramos de todo en el momento que sucede ya sea bueno o malo. Antaño un acontecimiento sucedido en América se contaba en Europa cuando ya era viejo.

Se cuenta que en la muy lejana época de Felipe IV llegó a México la noticia de que había nacido el príncipe Próspero y se organizaron en la Nueva España grandes y alegres fiestas, en el momento en que en Madrid se llevaban a cabo los funerales de ese real niño que acababa de morir. Hoy el internet nos libra de tales sorpresas, pero, además, los veloces aviones pueden trasladarnos de América a Asia y volver en el mismo día, o casi.

Sin embargo, aún hay ciertas distancias que se miden por metros y hasta por centímetros, tal vez con un método especial: la relación entre los seres humanos, la diferencia de vida entre unos y otros, el tener y el carecer, la bondad y el crimen. Éstas son las verdaderas distancias inmedibles.

Ir de México a París en l2 horas no tiene importancia, ni ha de asombrarnos si nuestro vecino junto a nosotros ha comido hoy, o se ha quedado sin trabajo, o su hija inconsciente le ha regalado un nieto sin padre y sin futuro.

De ahí deducimos que las distancias materiales se han hecho chicas y las humanas se han estirado hasta el punto que no se pueden encoger.

Necesitamos un sabio, un santo, un ser excepcional que maneje las distancias de modo apropiado. No vale decir: “Siempre ha sido así, más o menos”. Si hemos creído llegar a un alto grado de civilización, hay que hacerlo real. Todos alimentados. Todos con educación y saber. Todos con respeto y consideración hacia sus semejantes.

Si se lograra, sí que habría paz en la Tierra, cesarían los crímenes y nadie se sentiría encerrado en un cerco de guerra. Entonces no habría distancias.

Mi amiga Lupita se va a Londres a pasar unos buenos días de vacaciones. Lo merece, trabaja mucho.
Unas casas más allá de la suya vive Casilda, va a hacer la limpieza de algunas casas, hay días que no gana nada, no sé cómo se las arregla. También merece unas buenas vacaciones. Pero...

¿Con qué cinta métrica se mide la distancia que separa a Lupita de Casilda en este mundo en el que nos decimos que “casi” no hay distancias?

GABRIEL PAZ / Escritor.

Correo electrónico: macachi809@hotmail.com
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