ENTRE VERAS Y BROMAS
La lista de los indeseables sociales, incluso en estos tiempos en que “tolerancia” es uno de los vocablos que más se repitan en la jerga oficial, es extensa... Alguna vez se trató de los limpia-parabrisas. Siguieron los travestis. Más tarde, las prostitutas. Después, los “cuida-carros”. Ahora corresponde el turno a los “niños de la calle”.
—II—
Una y otra vez, las acciones orientadas a extirpar de la vía pública —donde resultan indeseables porque afean las ciudades... y porque exhiben la ineptitud de las autoridades y la escandalosa ineficacia de los programas con que pretenden hacer realidad la utopía del bien común— a esos tumores cancerosos de la sociedad, han sido tan espectaculares como fugaces. A la postre, todos terminan como la vieja fábula de “El Parto de los Montes”: “Después de tanto ruido... sólo viento”.
En casi todos los casos, el único “delito” del que puede acusarse a quienes salen a la calle a ganarse la vida ejerciendo oficios marginales, ha sido —como dijera la jurista y literata Lupita Morfín Otero cuando ejerció como titular de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos— el de “portación de rostro”... La explotación de la prostitución —el lenocinio—, por ejemplo, está tipificada como delito en el Código Penal; el trato en la vía pública, orientado al comercio carnal, como falta administrativa; el ejercicio del llamado “oficio más antiguo del mundo”, en cambio, no es jurídicamente punible. Y otro tanto puede decirse de los sub-empleos más bajos en la escala social, que cíclicamente son objeto de persecución.
—III—
Persiguiendo a los “niños de la calle” —niños que son, muchas veces, accidentes indeseables en la vida de sus padres y no la consecuencia del anhelo supremo de una familia—, como antes a todas las personas que sobreviven en el último peldaño social anterior a la delincuencia, lo único que hace la autoridad es atacar los frutos, pero no la raíz de la descomposición social; confesar tácitamente su incapacidad de generar esquemas que propicien condiciones de vida digna para todos... y dar la razón a quienes sostienen que “La moralidad de una sociedad se mide por la cantidad de mendigos que hay en las calles”.
La lista de los indeseables sociales, incluso en estos tiempos en que “tolerancia” es uno de los vocablos que más se repitan en la jerga oficial, es extensa... Alguna vez se trató de los limpia-parabrisas. Siguieron los travestis. Más tarde, las prostitutas. Después, los “cuida-carros”. Ahora corresponde el turno a los “niños de la calle”.
—II—
Una y otra vez, las acciones orientadas a extirpar de la vía pública —donde resultan indeseables porque afean las ciudades... y porque exhiben la ineptitud de las autoridades y la escandalosa ineficacia de los programas con que pretenden hacer realidad la utopía del bien común— a esos tumores cancerosos de la sociedad, han sido tan espectaculares como fugaces. A la postre, todos terminan como la vieja fábula de “El Parto de los Montes”: “Después de tanto ruido... sólo viento”.
En casi todos los casos, el único “delito” del que puede acusarse a quienes salen a la calle a ganarse la vida ejerciendo oficios marginales, ha sido —como dijera la jurista y literata Lupita Morfín Otero cuando ejerció como titular de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos— el de “portación de rostro”... La explotación de la prostitución —el lenocinio—, por ejemplo, está tipificada como delito en el Código Penal; el trato en la vía pública, orientado al comercio carnal, como falta administrativa; el ejercicio del llamado “oficio más antiguo del mundo”, en cambio, no es jurídicamente punible. Y otro tanto puede decirse de los sub-empleos más bajos en la escala social, que cíclicamente son objeto de persecución.
—III—
Persiguiendo a los “niños de la calle” —niños que son, muchas veces, accidentes indeseables en la vida de sus padres y no la consecuencia del anhelo supremo de una familia—, como antes a todas las personas que sobreviven en el último peldaño social anterior a la delincuencia, lo único que hace la autoridad es atacar los frutos, pero no la raíz de la descomposición social; confesar tácitamente su incapacidad de generar esquemas que propicien condiciones de vida digna para todos... y dar la razón a quienes sostienen que “La moralidad de una sociedad se mide por la cantidad de mendigos que hay en las calles”.