Hace ocho días tuvo lugar en Guadalajara una de las mejores y más sentidas romerías de los últimos años. Precedida de una velada multitudinaria que inició hacia las ocho de la noche, la llevada de la Virgen, este dos mil ocho corrió por cuenta, casi exclusivamente, de personas que sabían a lo que iban y lo hicieron con los mejores resultados.
La amenaza de lluvia y el temor a un atentado depuraron a los participantes, ofreciendo al país un testimonio digno de ser valorado: todavía contamos por lo menos con un millón 800 mil personas dispuestas a poner sus valores y principios por encima de las comodidades hedonistas o los temores que la delincuencia busca sembrar en la sociedad mexicana.
La preocupación por la seguridad trajo consigo igualmente reducir y controlar con mayor eficacia el desorden provocado por la avalancha de comerciantes. Todo sumado, la gran procesión del 12 de octubre ofreció una dignidad y concentración impresionantes; arropada por la alegría devota de nueve bandas de música, procedentes de San Juan de Ocotán, al ritmo marcial de numerosas bandas de guerra, y un incontable número de danzas y danzantes venidos de todas partes, avanzaron los diversos contingentes rodeados por una multitud que sigue haciendo de esta romería, la más concurrida del mundo cristiano.
No obstante debemos hacer notar que junto a invaluables aciertos de los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan, se pudieron observar también asombrosas imprudencias, como levantar por varias cuadras el pavimento de un carril de la avenida Alcalde, días antes de la procesión, o tomar la decisión de remodelar el centro histórico de Zapopan, un mes antes de la romería, y no dos o tres días después; esta situación generó infinidad de molestias, riesgos y dificultades para las personas. Por si fuera poco, el día 13 de octubre, fecha en que, para información de las autoridades zapopanas, concurre todavía muchísima gente, y los danzantes rebasan tanto el atrio de la basílica como el de la parroquia, el Ayuntamiento comenzó a levantar la enorme carpa que para el comercio afectado por la remodelación, habilitó en la plaza Juan Pablo II, atropellando gentes y danzas, en tanto liberaba el tráfico por el carril inmediato a la basílica, cerrando el de enfrente, decisión absurda que provocó un terrible congestionamiento de
vehículos y personas, sin que se viera un solo agente de tránsito, facilitando el tráfico y la seguridad.
La noche del 12 de octubre nos contó otra historia con múltiples lecturas: ¿estamos en medio de una guerra abierta entre grupos delictivos e instituciones públicas de cuya honestidad no siempre tenemos certeza?, ¿esta escalada nacional de violencia está siendo manejada para justificar nuevas intervenciones extranjeras?, ¿tendrá la sociedad mexicana la capacidad de unirse y plantarse valientemente contra el chantaje y el terrorismo de estos grupos?, ¿qué debemos hacer para que mafiosos y adictos adviertan que están arruinando al país?, ¿tienen universidad y Gobierno planes alternativos para ocupar a los miles de estudiantes que fueron rechazados, antes de que lo hagan las mafias organizadas?
ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO / Licenciado en Historia.