Publicada en 1975, la novela “Estas ruinas que ves” no es la obra más conocida ni la más aclamada del trágicamente fallecido escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia. Pero sí es una divertida y aleccionadora narración que transcurre en una antigua ciudad llamada Cuévano, que no es sino la natal Guanajuato, en donde se entrecruzan personajes de la conspicua sociedad local que, a la vez se mueven con desparpajo y falsas pretensiones académicas.
Una reseña de “Esta ruinas que ves”, que circula en la internet, refiere que “el encanto de la novela reside en el sinnúmero de escenas grotescas” que se van hilvanando en la interacción de sus personajes.
Por lo menos por esa frase descriptiva, la obra del guanajuatense podría ser también el título del novelón que han protagonizado las llamadas “tribus” del Partido de la Revolución Democrática (PRD), que el pasado fin de semana llegaron a un episodio culminante de la secuela de desfiguros que han desencadenado desde la culminación del proceso electoral de 2006, pero particularmente antes, durante y después de la elección interna de su dirigencia nacional, ocurrida nada menos que el 16 de marzo pasado.
Han sido, en efecto, “un sinnúmero de escenas grotescas” las que han exhibido a los perredistas como una pléyade de histriones de la política que han llevado sus papeles al extremo de la desfachatez. Se ha dicho en comentarios periodísticos y en declaraciones de los protagonistas del “cochinero” electoral, que se trata de la elección más sucia y con el desenlace más prolongado de que se tenga memoria en el país, y en otras latitudes del mundo, así se trate de un proceso intrapartidista.
El último estudio preelectoral de la empresa Consulta Mitofsky, con miras a la renovación de la Cámara de Diputados, realizado en el mes de junio, desnuda la triste realidad del PRD, que cuenta con un magro 13.1% de preferencias, frente al 25.1% del Partido Acción Nacional (PAN) y el 27.1% del Partido Revolucionario Institucional (PRI). De confirmarse esta distribución de votantes en junio de 2009, el panorama en la Cámara baja cambiaría radicalmente: el PAN dejaría de ser el grupo parlamentario más grande para ceder ese lugar al PRI, y el PRD, que hoy ocupa el segundo lugar, se iría al tercero.
Con semejante desplome, en pleno tobogán, la Comisión de Garantías del PRD finalmente determinó antier la anulación de la elección de presidente y secretario general, así como de consejeros nacionales, por lo que el partido sigue al garete, sometido a las presiones que significa el manipuleo caudillista de Andrés Manuel López Obrador, y el pleito por los cargos partidistas que significan no sólo poder sino principalmente recursos económicos.
El PRD tendrá que sobrellevar su crisis ya montado en el proceso electoral federal de 2009, por lo que la búsqueda de la diputaciones será un proceso mucho más complejo de lo que han sido los anteriores. Reconstruir sobre las ruinas de un partido que se ha esmerado en profundizar su crisis será un episodio traumático, una más de las escenas grotescas que los perredistas hacen tan bien.
Una reseña de “Esta ruinas que ves”, que circula en la internet, refiere que “el encanto de la novela reside en el sinnúmero de escenas grotescas” que se van hilvanando en la interacción de sus personajes.
Por lo menos por esa frase descriptiva, la obra del guanajuatense podría ser también el título del novelón que han protagonizado las llamadas “tribus” del Partido de la Revolución Democrática (PRD), que el pasado fin de semana llegaron a un episodio culminante de la secuela de desfiguros que han desencadenado desde la culminación del proceso electoral de 2006, pero particularmente antes, durante y después de la elección interna de su dirigencia nacional, ocurrida nada menos que el 16 de marzo pasado.
Han sido, en efecto, “un sinnúmero de escenas grotescas” las que han exhibido a los perredistas como una pléyade de histriones de la política que han llevado sus papeles al extremo de la desfachatez. Se ha dicho en comentarios periodísticos y en declaraciones de los protagonistas del “cochinero” electoral, que se trata de la elección más sucia y con el desenlace más prolongado de que se tenga memoria en el país, y en otras latitudes del mundo, así se trate de un proceso intrapartidista.
El último estudio preelectoral de la empresa Consulta Mitofsky, con miras a la renovación de la Cámara de Diputados, realizado en el mes de junio, desnuda la triste realidad del PRD, que cuenta con un magro 13.1% de preferencias, frente al 25.1% del Partido Acción Nacional (PAN) y el 27.1% del Partido Revolucionario Institucional (PRI). De confirmarse esta distribución de votantes en junio de 2009, el panorama en la Cámara baja cambiaría radicalmente: el PAN dejaría de ser el grupo parlamentario más grande para ceder ese lugar al PRI, y el PRD, que hoy ocupa el segundo lugar, se iría al tercero.
Con semejante desplome, en pleno tobogán, la Comisión de Garantías del PRD finalmente determinó antier la anulación de la elección de presidente y secretario general, así como de consejeros nacionales, por lo que el partido sigue al garete, sometido a las presiones que significa el manipuleo caudillista de Andrés Manuel López Obrador, y el pleito por los cargos partidistas que significan no sólo poder sino principalmente recursos económicos.
El PRD tendrá que sobrellevar su crisis ya montado en el proceso electoral federal de 2009, por lo que la búsqueda de la diputaciones será un proceso mucho más complejo de lo que han sido los anteriores. Reconstruir sobre las ruinas de un partido que se ha esmerado en profundizar su crisis será un episodio traumático, una más de las escenas grotescas que los perredistas hacen tan bien.