ENTRE VERAS Y BROMAS
Contemplado en las maquetas —asépticas por su propia naturaleza—, el “Proyecto Alameda” resiste todos los calificativos encomiásticos que la imaginación quiera colgarle: desde “agradable” y “digno” —que estarían en la línea moderada—, hasta “espectacular”, “revolucionario” y demás, que andarían rayando en la exageración...
—II—
La etapa más reciente, una vez que quedó superada la correspondiente a la resistencia de propietarios y vecinos reacios a la venta o a la mudanza, acaba de cumplirse: el aún alcalde tapatío (y ya presidente designado del Comité Organizador de los Juegos Panamericanos de 2011), Alfonso Petersen Farah, presentó el proyecto a un centenar de inversionistas. Y aunque son fríos, los números dan una idea de la envergadura del proyecto: en un predio de 35 hectáreas, en una especie de herradura en torno al Parque Morelos —la antigua Alameda de Guadalajara—, se construirán, en 13 torres, casi mil 400 departamentos. En 2011, ahí morarán los atletas que participen en los Panamericanos de referencia. En cuanto se vayan, comenzará la mudanza masiva de los aproximadamente cuatro mil pioneros —en cifras conservadoras— de un éxodo a la inversa del que se ha dado sistemáticamente en las últimas décadas. Por recurrir a una metáfora, esa diáspora a la inversa será —se pretende que así sea, al menos...— como la lava que regresa a
l cráter de un volcán. Después, si los cimientos del sueño estuvieron bien colocados, otros inversionistas seguirán el ejemplo: adquirirán más predios, construirán más edificios, atraerán a nuevos moradores..., y al final del cuento el centro de Guadalajara estará renovado y repoblado.
—III—
En la maqueta —disponible, hoy, para todos los curiosos; mañana, para todos los posibles adquirentes de departamentos—, las minúsculas réplicas de las torres de la futura Villa Panamericana lucen impecables: sin basura; sin grafitti; sin ruido; sin pandilleros; sin contaminación; ¡sin automóviles...!
Por supuesto, en contraste con los temores de urbanistas y simples observadores, de que el nuevo núcleo habitacional acreciente la saturación y la contaminación de la zona y termine por ser contraproducente, está el buen deseo de que las autoridades, esta vez acierten.
(En efecto: aunque sea por casualidad... como el burro flautista de la fábula).
Contemplado en las maquetas —asépticas por su propia naturaleza—, el “Proyecto Alameda” resiste todos los calificativos encomiásticos que la imaginación quiera colgarle: desde “agradable” y “digno” —que estarían en la línea moderada—, hasta “espectacular”, “revolucionario” y demás, que andarían rayando en la exageración...
—II—
La etapa más reciente, una vez que quedó superada la correspondiente a la resistencia de propietarios y vecinos reacios a la venta o a la mudanza, acaba de cumplirse: el aún alcalde tapatío (y ya presidente designado del Comité Organizador de los Juegos Panamericanos de 2011), Alfonso Petersen Farah, presentó el proyecto a un centenar de inversionistas. Y aunque son fríos, los números dan una idea de la envergadura del proyecto: en un predio de 35 hectáreas, en una especie de herradura en torno al Parque Morelos —la antigua Alameda de Guadalajara—, se construirán, en 13 torres, casi mil 400 departamentos. En 2011, ahí morarán los atletas que participen en los Panamericanos de referencia. En cuanto se vayan, comenzará la mudanza masiva de los aproximadamente cuatro mil pioneros —en cifras conservadoras— de un éxodo a la inversa del que se ha dado sistemáticamente en las últimas décadas. Por recurrir a una metáfora, esa diáspora a la inversa será —se pretende que así sea, al menos...— como la lava que regresa a
l cráter de un volcán. Después, si los cimientos del sueño estuvieron bien colocados, otros inversionistas seguirán el ejemplo: adquirirán más predios, construirán más edificios, atraerán a nuevos moradores..., y al final del cuento el centro de Guadalajara estará renovado y repoblado.
—III—
En la maqueta —disponible, hoy, para todos los curiosos; mañana, para todos los posibles adquirentes de departamentos—, las minúsculas réplicas de las torres de la futura Villa Panamericana lucen impecables: sin basura; sin grafitti; sin ruido; sin pandilleros; sin contaminación; ¡sin automóviles...!
Por supuesto, en contraste con los temores de urbanistas y simples observadores, de que el nuevo núcleo habitacional acreciente la saturación y la contaminación de la zona y termine por ser contraproducente, está el buen deseo de que las autoridades, esta vez acierten.
(En efecto: aunque sea por casualidad... como el burro flautista de la fábula).