ENTRE VERAS Y BROMAS
El tiempo, “supremo juez”, como siempre, dirá la última palabra en el conflicto interno que vive la Universidad de Guadalajara...
Los observadores, en tanto, hurgan en la esfera de cristal. Especulan. Vislumbran escenarios. Aventuran posibles desenlaces. Otros, simples espectadores, como en los palenques, por mera simpatía con el giro o el colorado, o como en la lucha libre, etiquetando a voluntad a “rudos” y “técnicos”, se limitan a hacer sus apuestas.
—II—
Pocos se han recuperado de las sorpresas que ha dado el rector general, Carlos Briseño Torres, a partir del intempestivo —y estridente, sobre todo— rompimiento público con Raúl Padilla López. La “carta abierta” de este último, publicada ayer, incide en ese punto: “La retórica del Rector General contrasta con la que utilizaba en el pasado, cuando se excedía en proferir, muy a mi pesar, elogios dirigidos a un servidor (...). Ahora me denuesta...”.
Puesto que la influencia de Padilla López en la estructura de la Universidad es un secreto a voces, hay sectores de la sociedad —más allá de la comunidad universitaria— que quieren interpretar el rompimiento de Briseño como un primer paso orientado a sanear todo lo que está viciado dentro de la institución. Destituir a Padilla —de quien fue, por muchos años, estrecho colaborador—, de entrada, de los cargos que conservaba dentro de la Universidad, parecería la rebelión de un peón contra su propio rey.
—III—
Al margen de las motivaciones profundas del rompimiento, lo deseable sería que la Universidad saliera fortalecida de esta crisis. Que hubiera una depuración profunda. Que se extirparan algunos de los pequeños o grandes tumores —cancerosos algunos de ellos— que impiden el funcionamiento de ese complejo organismo como sería deseable para el beneficio de la sociedad a la que se debe, y que desvirtúan los objetivos esenciales de la Universidad... Lo más lamentable sería que, si se pretende liberar a la institución de una mafia que la ha hecho su presa —como sostienen Briseño y quienes apoyan a rabiar las medidas recientes que ha tomado—, el final de la película fuera gatopardesco: cambiarlo todo para que todo siga igual; es decir, rostros nuevos, nombres diferentes... y los mismos vicios.
El tiempo, “supremo juez”, como siempre, dirá la última palabra en el conflicto interno que vive la Universidad de Guadalajara...
Los observadores, en tanto, hurgan en la esfera de cristal. Especulan. Vislumbran escenarios. Aventuran posibles desenlaces. Otros, simples espectadores, como en los palenques, por mera simpatía con el giro o el colorado, o como en la lucha libre, etiquetando a voluntad a “rudos” y “técnicos”, se limitan a hacer sus apuestas.
—II—
Pocos se han recuperado de las sorpresas que ha dado el rector general, Carlos Briseño Torres, a partir del intempestivo —y estridente, sobre todo— rompimiento público con Raúl Padilla López. La “carta abierta” de este último, publicada ayer, incide en ese punto: “La retórica del Rector General contrasta con la que utilizaba en el pasado, cuando se excedía en proferir, muy a mi pesar, elogios dirigidos a un servidor (...). Ahora me denuesta...”.
Puesto que la influencia de Padilla López en la estructura de la Universidad es un secreto a voces, hay sectores de la sociedad —más allá de la comunidad universitaria— que quieren interpretar el rompimiento de Briseño como un primer paso orientado a sanear todo lo que está viciado dentro de la institución. Destituir a Padilla —de quien fue, por muchos años, estrecho colaborador—, de entrada, de los cargos que conservaba dentro de la Universidad, parecería la rebelión de un peón contra su propio rey.
—III—
Al margen de las motivaciones profundas del rompimiento, lo deseable sería que la Universidad saliera fortalecida de esta crisis. Que hubiera una depuración profunda. Que se extirparan algunos de los pequeños o grandes tumores —cancerosos algunos de ellos— que impiden el funcionamiento de ese complejo organismo como sería deseable para el beneficio de la sociedad a la que se debe, y que desvirtúan los objetivos esenciales de la Universidad... Lo más lamentable sería que, si se pretende liberar a la institución de una mafia que la ha hecho su presa —como sostienen Briseño y quienes apoyan a rabiar las medidas recientes que ha tomado—, el final de la película fuera gatopardesco: cambiarlo todo para que todo siga igual; es decir, rostros nuevos, nombres diferentes... y los mismos vicios.