Libertad

La sociedad contemporánea ejerce presión sobre el individuo para generar una homogeneidad que actúe en términos semejantes en cualquier parte del mundo. Hacer predecible mediante normas la conducta de las personas, es un signo de la globalización de la cultura occidental. La misma civilización que fundaron los griegos descubriendo el valor de la libertad de pensar, ahora ha desarrollado verdaderos motores del conocimiento que convierten la experiencia de saber en simple conocer.

Esta tendencia genera una especie de pereza de la reflexión para dar paso a reacciones impulsivas, de tal forma que dejar que otro se convierta en nuestro tutor resulta lo más cómodo. Hay tutores de todo tipo que evitan que usemos nuestro entendimiento, son guías aparentes que nos hacen eludir el privilegio y la responsabilidad de tener una posición propia.

Tener este respaldo ahora es un lugar común: un libro al que refiero puede suplir mi entendimiento; contar con quién cuide del alma para suplir la conciencia reflexiva; o disponer de un médico que prescriba una dieta, o un medicamento que evite forzar la voluntad para alimentarse adecuadamente. Estos tutores son los verdaderos adversarios de la libertad que nos asechan para inducir nuestra conducta a partir de una idea cómoda de bienestar. Nuestro tiempo permite un sinfín de actitudes similares que llevan al punto de creer que se puede comprar el pensamiento de otros para no asumir la responsabilidad de pensar y decidir.

Si se trata de que una sociedad transite de la cómoda tutoría de la conciencia, hacia un ejercicio de la razón con profundidad, es necesario la libertad de usar públicamente la razón, en el diálogo, la discusión, la academia, el periodismo, la literatura. Libertad individual de pensar y hacer público el resultado, libertad individual de escuchar al otro que no piensa como yo, y respetarlo. Pero esta libertad pública está continuamente amenazada por mensajes que se repiten subrepticiamente diciendo: No pienses, sólo siente; no pienses, sólo paga; no razones, sólo cree.

Como reacción a esta retahíla que nos presiona con mensajes difundidos masivamente, surge la capacidad reflexiva del individuo que decide pensar y luego acatar; razonar lo correcto y obedecer a la ley; razonar la fe y creer; razonar el sentimiento y sentir plenamente. La sociedad avanzada no es la que más tiene, sino la formada por ciudadanos libres capaces de asumir una posición personal fundada mucho más allá del sentimiento.

Viene al caso la reflexión, por la intolerancia que peligrosamente se asoma en la vida pública y privada de nuestra sociedad. Nos sobran tutores de nuestra razón y conciencia, nos faltan promotores de nuestra propia forma de pensar que ejerciten su libertad responsable para que la comunidad se enaltezca ejercitando la más noble de nuestras facultades: el pensamiento.

En una sociedad, quienes deben estar cerca del pensamiento, de la libertad y la razón, son quienes toman decisiones; a ellos va la pregunta: ¿Cuánto tiempo se le dedica en la jornada a pensar profundamente, a pensar en lo que vale la pena pensar?, porque quizá el problema es que los líderes han dejado la reflexión a otros para dejarse llevar por el canto suave de la sirenas de la popularidad y la adulación.

LUIS SALOMÓN / Doctor en Derecho.
Correo electrónico: lsalomon@iberlinks.com.mx
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