Me resisto a reconocer que la solución a la violencia, es ella misma. Justificar la paz con las armas y la guerra, suena a una alternativa cómoda y abusiva para los que tienen el poder de las armas.
Así piensan los prepotentes y con aires de superioridad, saben que le pueden “partir la cara” al que se les ponga, y con tonos de bravata, amenazan y someten al que saben de antemano que pueden vencer.
Por eso hay países que con el poder de sus armamentos se auto proclaman policías de la paz en el mundo y se entrometen en los asuntos de otras naciones.
Sí, me niego a aceptar que las dificultades humanas encuentran su remedio en el uso de la fuerza y la agresividad.
¿Dónde queda la civilidad? ¿En qué lugar dejamos las negociaciones y los acuerdos?
Si aconsejáramos a nuestros hijos que la solución para contener a sus agresores en la escuela es el uso de la violencia, estaríamos contradiciendo la enseñanza de los valores del respeto y la armonía social.
Estamos en una verdadera crisis del valor a la vida, la guerra contra el bajo mundo ha dejado en claro que en México la vida no vale nada.
Cada vez se demuestra más —lo que ya sabíamos— que la violencia no cura la violencia. Peor aún, la agrava y provoca una escalada que puede llevarnos a una mayor crisis y destapar más focos de violencia, donde antes no los había.
El uso de las armas, en las guerras, constituye una fuerza disgregadora de la estabilidad social, nos va debilitando poco a poco y nos lleva a un influjo nefasto en el ánimo de la sociedad.
Ahora, en vez de sentirnos más seguros y protegidos por las fuerzas del bien nos sentimos temerosos e inseguros, sea por un asalto del orden común, como de repente verse involucrados en un zafarrancho delictivo y acabar siendo una víctima más.
No me voy a confundir con la vulgar retórica de que para que exista paz tiene que existir guerra, ni tampoco la fuerza de las armas conquista la tranquilidad de los enemigos.
La guerra es violencia y la paz es ausencia de ella. Al pan pan y al vino vino.
México no quiere guerras, ni escuadrones de la muerte, ni allanamientos militares, ni perseguir delincuentes con fuerzas especiales. En definitiva, queremos que las cosas se arreglen de otra manera distinta.
Si es un delito contra la salud, que sea el criterio de los expertos en este ramo los que lo resuelvan bien, sin armas de por medio.
El desarreglo de nuestra estabilidad social por la violencia conduce al país a un desequilibrio mayor que el que pretendíamos resolver.
Si queremos un futuro en donde reine la paz, es necesario que todos experimentemos el calor del cariño, de la comprensión y el respeto. No la traición, la explotación, el engaño y la injusta pobreza.
Queremos que se garantice un clima de seguridad, sin la violencia de las armas, mucho menos en manos de la autoridad.
GUILLERMO DELLAMARY / Filósofo y psicólogo.
Correo electrónico: dellamar@yahoo.com
Así piensan los prepotentes y con aires de superioridad, saben que le pueden “partir la cara” al que se les ponga, y con tonos de bravata, amenazan y someten al que saben de antemano que pueden vencer.
Por eso hay países que con el poder de sus armamentos se auto proclaman policías de la paz en el mundo y se entrometen en los asuntos de otras naciones.
Sí, me niego a aceptar que las dificultades humanas encuentran su remedio en el uso de la fuerza y la agresividad.
¿Dónde queda la civilidad? ¿En qué lugar dejamos las negociaciones y los acuerdos?
Si aconsejáramos a nuestros hijos que la solución para contener a sus agresores en la escuela es el uso de la violencia, estaríamos contradiciendo la enseñanza de los valores del respeto y la armonía social.
Estamos en una verdadera crisis del valor a la vida, la guerra contra el bajo mundo ha dejado en claro que en México la vida no vale nada.
Cada vez se demuestra más —lo que ya sabíamos— que la violencia no cura la violencia. Peor aún, la agrava y provoca una escalada que puede llevarnos a una mayor crisis y destapar más focos de violencia, donde antes no los había.
El uso de las armas, en las guerras, constituye una fuerza disgregadora de la estabilidad social, nos va debilitando poco a poco y nos lleva a un influjo nefasto en el ánimo de la sociedad.
Ahora, en vez de sentirnos más seguros y protegidos por las fuerzas del bien nos sentimos temerosos e inseguros, sea por un asalto del orden común, como de repente verse involucrados en un zafarrancho delictivo y acabar siendo una víctima más.
No me voy a confundir con la vulgar retórica de que para que exista paz tiene que existir guerra, ni tampoco la fuerza de las armas conquista la tranquilidad de los enemigos.
La guerra es violencia y la paz es ausencia de ella. Al pan pan y al vino vino.
México no quiere guerras, ni escuadrones de la muerte, ni allanamientos militares, ni perseguir delincuentes con fuerzas especiales. En definitiva, queremos que las cosas se arreglen de otra manera distinta.
Si es un delito contra la salud, que sea el criterio de los expertos en este ramo los que lo resuelvan bien, sin armas de por medio.
El desarreglo de nuestra estabilidad social por la violencia conduce al país a un desequilibrio mayor que el que pretendíamos resolver.
Si queremos un futuro en donde reine la paz, es necesario que todos experimentemos el calor del cariño, de la comprensión y el respeto. No la traición, la explotación, el engaño y la injusta pobreza.
Queremos que se garantice un clima de seguridad, sin la violencia de las armas, mucho menos en manos de la autoridad.
GUILLERMO DELLAMARY / Filósofo y psicólogo.
Correo electrónico: dellamar@yahoo.com