La muerte de un poeta

Arturo Suárez (1947-2009) era mi vecino de cubículo en las oficinas de la Unidad de vinculación y difusión. Aunque hacía tiempo su presencia era intermitente, no dejaba de ir a recoger sus periódicos, a escribir en la computadora, a recibir las visitas de sus amigos, a trabajar en correcciones de los oficios, boletines, libros y otros textos que se producen en las actividades administrativas. Debió sufrir al hacer esas correcciones, porque era un “purista” del lenguaje, y quienes generamos textos ni siquiera observamos las reglas gramaticales, mucho menos utilizamos las palabras para recrear imágenes hermosas. Arturo tenía el alma llena de amor por la vida, su caballeroso estilo y sobre todo su pasión por las letras, no lo dejaban quedarse en casa, a pesar de los malestares físicos, y ahí estaba presente en los programas de radio UdeG en los que participaba con sus populares “periquetes”. En 20 años, nunca falló, sólo la muerte le impidió hacer más “periquetes”.

Sin embargo, era un consumado poeta, quién sino un poeta como él, organizaría, con pan, vino y queso, una celebración en el aniversario de la muerte de Elvis Presley en el patio de la Unidad, con sus compañeros de trabajo a quienes explicaba la trascendencia de las canciones del intérprete y su influencia sobre los Beatles, grupo al que también festejaba con cualquier pretexto; sin olvidar aquel día en que rememoró el fallecimiento de James Dean proyectando una película en su computadora e invitándonos a admirarla, porque era nada menos que “Rebelde sin causa”. Y su proyecto de hacer más agradables las oficinas mediante exposiciones en sus muros de pinturas minimalistas, de fotografías de los años cuarenta, etcétera. Y la música, de la que poseía una extensa colección de discos de todas las épocas, quien necesitara saber cuál era la adecuada para un programa radiofónico o alguna ocasión especial, recurría a él y siempre tenía una conocedora respuesta. Su cubículo es un deleite para quien ame el conocimiento de la historia y de la lengua castellana, están en él numerosos diccionarios de toda clase, libros de historia de varios países, varias enciclopedias. Cuando se necesitaba saber con exactitud el origen de las palabras, la respuesta estaba en su oficina.

No era un poeta perseguido por el poder público o por la fama, pero sí era un poeta perseguido por la cotidianeidad, y a pesar de ella vivió en la poesía; hasta publicó varios poemarios de los que se citan: La diaria conspiración (1982) y Palabras debidas (1984).

Fue también el fundador del Club de “periqueteros solitarios”; los periquetes, derivados de los literetes, fueron en sus palabras “un género literario de la cortedad” y en realidad era jugar con las palabras para crear frases “transgresoras del orden y del saber común establecido”, y se calificaba a sí mismo y a sus amigos como adoradores de Quevedo, “fraseros en su tinta”. Precisamente con la colección de varios cuadernos de periquetes participaba en la FIL con enorme entusiasmo. A la FIL 2009 llegó en silla de ruedas, pero con una gran emoción porque iban a leer a dos voces los periquetes de Los ángeles y otros serafines. Es difícil despedirse de un poeta así.

MARTHA GONZÁLEZ ESCOBAR / Divulgadora científica. UdeG.
Correo electrónico: marthaggonzalez@yahoo.com.mx
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