Siento malestar al ver que las partidas presupuestales se van a carreteras, presas, transporte, edificaciones y sueldos de la burocracia, y la educación sigue sin la inyección de recursos indispensables para que levante su calidad y capacidad de atender a todos por igual.
Que quede claro que no considero que darle más recursos a las universidades del Estado basta para confirmar que sí estamos empeñados en mejorar. Me refiero a la pesada maquinaria de la Secretaría de Educación Pública, que no muestra signos de crecer, acorde a los signos de las exigencias actuales.
He disfrutado mucho ir a la Feria Internacional del Libro y observar a los menores comprar libros que seguramente sí van a leer. Pero son pocos y muy escasos, cuando es inaplazable incrementar el hábito por la lectura desde las mismas aulas de clase.
Hace algunos días analizábamos el tema de la falta de conocimiento y lealtad a los símbolos patrios y a los héroes que nos han dado patria, como clara evidencia de que el bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución no llegan a tocar la sensibilidad de nuestro pueblo.
Por un lado, es una manifestación de que la tarea educativa no ha formado conciencia patriótica ni sentimientos de fidelidad a la nación. Y por el otro, la historia parece una materia que no atrapa a las nuevas generaciones con el debido encanto que sí lo hacen los libros, como Corazón de Tinta, Crepúsculo, o la serie de novelas de Harry Potter. Que al menos tienen de rescatable el invitarlos a leer.
Se ve más entusiasmo por comprar un celular o participar en las redes sociales por internet, que saborear las páginas de nuestra historia, conocimientos que seguramente van a la baja y con peligro real de extinción.
No gastemos dinero en festejos de todo tipo, hagamos una campaña que promueva la cultura mexicana, con su espíritu y valores. Que realmente se despierte una nueva conciencia ciudadana por el amor a la patria. Que haga reaccionar a las nuevas generaciones a que aprecien lo que hoy tenemos, en vez de criticarlo o tratarlo sin importancia alguna.
Lo que somos y hemos construido hasta ahora, no ha sido fácil y tiene mucha sangre y trabajo derramado a lo largo de 200 años. Eso lo tenemos que inculcar en nuestros hijos.
Es importante mejorar la infraestructura material de nuestro país; pero más importante es reafirmar el andamiaje espiritual de nuestra nación, que por momentos parece desvanecerse en nuestras manos ante los embates culturales de la globalización.
Queremos fortalecer nuestro ser y visión de un futuro más unido en el amor a la patria. Que no caiga en creer que al cantar el Himno o pasear con escoltas la Bandera en los días patrios, es suficiente.
Es urgente promover una mayor actividad cultural y académica que reviva los valores que nos han dado patria y que no se queden sólo en fiestas y en recuerdos plasmados en los nuevos billetes. Es en los salones de clase en donde debemos invertir nuestros recursos.
GUILLERMO DELLAMARY / Filósofo y psicólogo.
Correo electrónico: dellamar@yahoo.com
Que quede claro que no considero que darle más recursos a las universidades del Estado basta para confirmar que sí estamos empeñados en mejorar. Me refiero a la pesada maquinaria de la Secretaría de Educación Pública, que no muestra signos de crecer, acorde a los signos de las exigencias actuales.
He disfrutado mucho ir a la Feria Internacional del Libro y observar a los menores comprar libros que seguramente sí van a leer. Pero son pocos y muy escasos, cuando es inaplazable incrementar el hábito por la lectura desde las mismas aulas de clase.
Hace algunos días analizábamos el tema de la falta de conocimiento y lealtad a los símbolos patrios y a los héroes que nos han dado patria, como clara evidencia de que el bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución no llegan a tocar la sensibilidad de nuestro pueblo.
Por un lado, es una manifestación de que la tarea educativa no ha formado conciencia patriótica ni sentimientos de fidelidad a la nación. Y por el otro, la historia parece una materia que no atrapa a las nuevas generaciones con el debido encanto que sí lo hacen los libros, como Corazón de Tinta, Crepúsculo, o la serie de novelas de Harry Potter. Que al menos tienen de rescatable el invitarlos a leer.
Se ve más entusiasmo por comprar un celular o participar en las redes sociales por internet, que saborear las páginas de nuestra historia, conocimientos que seguramente van a la baja y con peligro real de extinción.
No gastemos dinero en festejos de todo tipo, hagamos una campaña que promueva la cultura mexicana, con su espíritu y valores. Que realmente se despierte una nueva conciencia ciudadana por el amor a la patria. Que haga reaccionar a las nuevas generaciones a que aprecien lo que hoy tenemos, en vez de criticarlo o tratarlo sin importancia alguna.
Lo que somos y hemos construido hasta ahora, no ha sido fácil y tiene mucha sangre y trabajo derramado a lo largo de 200 años. Eso lo tenemos que inculcar en nuestros hijos.
Es importante mejorar la infraestructura material de nuestro país; pero más importante es reafirmar el andamiaje espiritual de nuestra nación, que por momentos parece desvanecerse en nuestras manos ante los embates culturales de la globalización.
Queremos fortalecer nuestro ser y visión de un futuro más unido en el amor a la patria. Que no caiga en creer que al cantar el Himno o pasear con escoltas la Bandera en los días patrios, es suficiente.
Es urgente promover una mayor actividad cultural y académica que reviva los valores que nos han dado patria y que no se queden sólo en fiestas y en recuerdos plasmados en los nuevos billetes. Es en los salones de clase en donde debemos invertir nuestros recursos.
GUILLERMO DELLAMARY / Filósofo y psicólogo.
Correo electrónico: dellamar@yahoo.com