La dulce pena de muerte

Economía y fisco

La justicia, decía Aristóteles, consiste en tratar a los hombres como iguales en lo que son iguales y como desiguales en lo que son desiguales. Si los consideramos iguales en aquello que son desiguales, caemos en el igualitarismo. Si los consideramos desiguales en lo que son iguales, caemos en el elitismo.

Desde ese sabio punto de vista, no podemos considerar a los criminales como iguales, en tanto que nosotros no seamos criminales, por lo que el hombre tomó la decisión de aislarlos de la sociedad para que no le hagan daño. Los delincuentes dejan de comportarse como humanos cuando secuestran, violan o matan a los humanos, por lo tanto en el momento en que se les determina su culpabilidad, deben perder sus derechos humanos. Desde que se instituyeron, no se sabe que haya disminuido la delincuencia, según las estadísticas, en los últimos 25 años se ha multiplicado.

Los valores humanos se han trastocado bajo la influencia de los derechos humanos, al grado de que se pide el perdón de la pena de muerte para un violador y asesino de jovencitas y nadie se acuerda de darle consuelo a los familiares de las víctimas que sufrirán toda la vida el trauma de haber perdido a sus hijas en circunstancias tan bestiales. Ellas dejaron de sufrir en el momento en que murieron, pero sus deudos continuarán sufriendo hasta el fin de sus días.

La pena de muerte lo único que  consigue es evitar que ese delincuente no vuelva a repetir su fechoría. Lo justo sería que sufriera durante todo el tiempo que le quede de vida. Aún cuando no podemos considerar que el hecho de estar recluido en una cárcel en la que se le proporciona alimento, alojamiento, tratamiento médico, practica deportes, ve televisión y espectáculos para distraer a los reclusos, socializa con los demás delincuentes y si su reclusión fuera en nuestro país, tendría además celular, visitas familiares y hasta sexuales.

Nuestro sistema carcelario está viciado de conmiseración, aparte de que no cumple con los objetivos para los cuales fue establecido, principalmente el de rehabilitar a los delincuentes para que se reincorporen a la sociedad, son escuelas de perfeccionamiento de los criminales.

La iniciativa de Ley que presentó el Presidente Calderón al Congreso hace 14 meses, me parece tibia y superficial, no va a resolver el problema de disminuir la delincuencia, toda vez que el criminal actúa tomando en cuenta que no lo van a castigar. Si por estadística sabemos que sólo dos por ciento de los delitos que se cometen son castigados, es un aliciente muy importante para estimular a los delincuentes en potencia.

La pena de muerte se abolió y está bien, porque es una salida rápida al sufrimiento de los criminales. Lo que debe hacerse, una vez sentenciados, es confinarlos en cuatro paredes, sin más derecho que pan y agua, para que tengan tiempo de arrepentirse.

LUIS JORGE CÁRDENAS DÍAZ/ Contador Público Certificado.
Correo electrónico: luisjcardenas2@hotmail.com
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