Cuatro meses y tres días después de haber celebrado los comicios para la renovación de su dirigencia nacional, así como de los consejeros nacionales y los cuadros directivos estatales, la Comisión de Garantías del Partido de la Revolución Democrática (PRD) emitió la resolución definitiva sobre el proceso y determinó anular el resultado de la elección de presidente y secretario general.
En el lapso transcurrido entre la jornada de votaciones y el fallo de su órgano electoral interno, el PRD ha vivido en su interior un denso ambiente de confrontación entre los diversos grupos que en él coexisten, principalmente los encabezados por quienes fueron los dos principales contendientes por la presidencia nacional, Alejandro Encinas, que abanderó a la corriente Izquierda Unida (IU), y Jesús Ortega, postulado por el grupo Nueva Izquierda (NI).
Ninguno de los dos aspirantes ha quedado conforme con la resolución de la Comisión de Garantías. Por un lado, se alega que con la decisión se premia a quienes cometieron irregularidades en el proceso electoral; por el otro, se dice que los árbitros de la contienda debieron dar a un ganador descontando los votos que tuvieran que anularse.
Al margen de que se trata de una elección plagada de anomalías, cuyo resultado la ha colocado como la más polémica y larga en la historia, no sólo del PRD sino del resto de los procesos electorales que se hayan celebrado durante décadas en el país, lo que resulta verdaderamente preocupante es el desgaste que ha sufrido esta formación política. De haber llegado a la Cámara de Diputados como la segunda fuerza representativa, este partido se encuentra ahora en una posición desventajosa con relación a las otras dos mayores agrupaciones partidistas, según han revelado algunas encuestas recientes de preferencias preelectorales.
Difícil situación para esta corriente que, sin lugar a dudas, ha sido el partido de izquierda más representativo y exitoso en términos electorales en toda la historia política del país. Desde los comicios federales de 2006, esta agrupación se debate en las pugnas internas que no lo dejan avanzar; la personalísima agenda del que fuera su candidato presidencial ha generado fuertes encontronazos entre líderes de distintas corrientes, que dejan en segundo plano las propuestas y los proyectos que podrían llevar, por ejemplo, a la agenda legislativa.
Abanderado de importantes causas sociales y proyectos de reivindicación de derechos ciudadanos amplios y liberales, el PRD tiene ahora que remontar un largo trecho para hacer valer su legitimidad como un partido serio, responsable, apegado a la legalidad y respetuoso de la vida democrática, que es nada menos que uno de los atributos asumidos incluso en su propio nombre.
La “consulta ciudadana” en la que están empeñados los perredistas, más por la férrea directriz de su ex candidato presidencial que por buscar un aporte a la reforma energética, tenderá probablemente una cortina de humo sobre el severo descalabro que significa su traumática elección interna, pero no resolverá la crisis del partido.