Además de la importancia intrínseca que tiene la población de todas partes del mundo, integrada por seres humanos, hombres y mujeres, y que cada uno de ellos practica su propio modo de vivir y de actuar, he ahí el significado de la identidad, es interesante observar cómo se comportan en el espacio social muchos de ellos, exaltando, la mayor de las veces los usos y costumbres manifestados a través de la moda, pero más bien interpretando facetas representativas de esa moda, exagerándolo, con un propósito subliminal, hacerse notar, llamar la atención, destacan en medio de las grandes masas urbanas, por ejemplo, pues en las ciudades donde se lleva a cabo el desempeño de la sociedad, de las sociedades en general, y de esa manera, de ese modo, dejan de ser uno de tantos perdidos en esa inmensidad demográfica que es el mundo actual, incluyendo, por supuesto, en este caso a la Ciudad de México, para bien o para mal, una de las urbes más pobladas del planeta Tierra.
Pensemos, por un breve momento cuántas y cuántas historias se suscitan a cada instante; cuántas y cuántas nuevas modalidades de vida, de actuar surgen y desaparecen a cada instante, tanto en hombres como en mujeres. A guisa de ejemplo, citemos el caso de la línea dos del metro de la Ciudad de México, una de las más prolongadas y que corre del Sur de la ciudad hasta alcanzar su punto terminal en una parte específica del Poniente. Es, además, una de las congestionadas pues se calcula que diariamente transporta alrededor de dos a tres millones de pasajeros que en un trajín cotidiano van y vienen con algún propósito.
Pues bien, hacemos este breve comentario, porque la otra noche, precisamente en una de tantas estaciones que recorre esta línea, parece que fue en la estación Normal o en Revolución, de manera precipitada o violenta, vimos que accedía al vagón en que viajábamos, repetimos, en medio de un remolino humano, una chica, alta, espigada, de facciones finas; ataviada con ropas informales de moda, -jeans gastados y deslustrados, a propósito, zapatos de lona, y se cubría el torso con una especie de chamarra morada; completaba su atuendo, enorme bolsa de mano-. Pero lo que más nos llamó la atención, fue que llevaba su cabello teñido de verde, con un corte muy en “onda”, que ciertamente y en forma discreta llamaba la atención del resto de los usuarios que la miraban de hito en hito, pero con disimulada discreción. Ella, se dio cuenta, y sonreía con agrado, mientras miraba su rostro y atuendo en los vidrios de las puertas del vagón, y hacía ligeros mohínes de gusto o de alegría, además, contorsionaba con gracia, fe, su cu
erpo como para mantenerse en pie. Al poco rato, se desocupó un lugar y de manera desgarbada se sentó, pero con disimulo no dejaba de mirar a su alrededor si alguien la estaba observando, se arreglaba una y otra vez su cabello, el fleco y las guadejas que portaba con exquisita gracia femenina. Sus manos, pequeñas, cuidadas con escrúpulo, y sus dedos delgados y finos representaban la personalidad de esta joven, eran, a no dudarlo el reflejo de su entorno femenino, sutil, tierno, profundamente humano.
MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA / Periodista.
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