Es domingo, y la gran ciudad está conmemorando el Día del Padre, que al parecer cobra más prestancia, tal vez porque por ese medio se trata de recuperar muchos valores perdidos, los que vendrían a fortalecer los lazos familiares tan venidos a menos en estos tiempos de la modernidad, por lo que el flujo de vehículos se intensifica; todos llevan prisa, lo que acrecienta la indiferencia en el entorno, en lo que sucede en la calle, en la vía pública que es el epicentro de la actividad humana.
Estamos al filo del mediodía en una arteria de gran circulación, y observamos que los conductores están en lo suyo por llegar cuanto antes a su destino. En uno de tantos cruceros que hay en una zona al sur de la urbe, donde los semáforos hacen su trabajo en forma mecánica o automática.
En muchos cruceros, tal vez lo más estratégicos, hay dos o tres o más hombres y mujeres que tratan a toda costa de obtener algún numerario para sobrevivir, y así venden cháchara y media, mientras otros, en el tiempo que dura el alto, se esfuerzan por interpretar un acto artístico, la mayoría de ellos son gente joven, y son, por supuesto, una muestra de los muchos desplazados del sistema de la modernidad, fuerza de trabajo desperdiciada e incremento masivo de la marginación.
Pero en esta ocasión, nos llamó la atención de que la artista en ciernes, era una muchacha joven, muy joven, casi una niña pero con cuerpo de mujer, delgada, cenceña, y que hacía lo imposible porque su número artístico le saliera a la perfección para que su público indiferente la recompensara con alguna moneda.
Así, su figura grácil, enfundada en unos pants desteñidos por el uso y breve camiseta de color amarillo, manejaba con maestría y casi con doctorado esta difícil prueba, pulsar dos o tres aros de tal manera que en el ir y venir de los mismos, resultara un equilibrio increíble para no perder el ritmo ni la meta de su singular rutina, y por el esfuerzo realizado, dejaba ver el entorno azul de sus bragas. Se trataba, ciertamente, de una chica hasta cierto punto agraciada, de tez morena y pelo recogido con somera diadema, de manera rítmica y por qué no, profesional llevaba a cabo su acto sin fallar en ningún momento, vamos, hacia lo imposible porque todo resultara a la perfección, y así sucedió en el lapso breve y fugaz que dura el alto en ese crucero situado en la confluencia de dos grandes avenidas situadas en algún lugar de la gigantesca Ciudad de México.
Al terminar su número, justamente cuando también terminaba el alto, esta chica de rostro angelical y leve sonrisa, presurosa se dirigió a los conductores, a solicitar una cooperación por su actuación.
No obstante que con graciosos mohines solicitaba una moneda, los conductores, los automovilistas la ignoraron, y ella tuvo que resignarse. Un no me persigno, alcanzamos a oír que decía con cierto desencanto. La lucha por lo sobrevivencia en las calles de la gran urbe es, a todas luces, cruel, desesperada, angustiosa.
MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA / Periodista.
Correo electrónico: loppra@economia.unam.mx
Estamos al filo del mediodía en una arteria de gran circulación, y observamos que los conductores están en lo suyo por llegar cuanto antes a su destino. En uno de tantos cruceros que hay en una zona al sur de la urbe, donde los semáforos hacen su trabajo en forma mecánica o automática.
En muchos cruceros, tal vez lo más estratégicos, hay dos o tres o más hombres y mujeres que tratan a toda costa de obtener algún numerario para sobrevivir, y así venden cháchara y media, mientras otros, en el tiempo que dura el alto, se esfuerzan por interpretar un acto artístico, la mayoría de ellos son gente joven, y son, por supuesto, una muestra de los muchos desplazados del sistema de la modernidad, fuerza de trabajo desperdiciada e incremento masivo de la marginación.
Pero en esta ocasión, nos llamó la atención de que la artista en ciernes, era una muchacha joven, muy joven, casi una niña pero con cuerpo de mujer, delgada, cenceña, y que hacía lo imposible porque su número artístico le saliera a la perfección para que su público indiferente la recompensara con alguna moneda.
Así, su figura grácil, enfundada en unos pants desteñidos por el uso y breve camiseta de color amarillo, manejaba con maestría y casi con doctorado esta difícil prueba, pulsar dos o tres aros de tal manera que en el ir y venir de los mismos, resultara un equilibrio increíble para no perder el ritmo ni la meta de su singular rutina, y por el esfuerzo realizado, dejaba ver el entorno azul de sus bragas. Se trataba, ciertamente, de una chica hasta cierto punto agraciada, de tez morena y pelo recogido con somera diadema, de manera rítmica y por qué no, profesional llevaba a cabo su acto sin fallar en ningún momento, vamos, hacia lo imposible porque todo resultara a la perfección, y así sucedió en el lapso breve y fugaz que dura el alto en ese crucero situado en la confluencia de dos grandes avenidas situadas en algún lugar de la gigantesca Ciudad de México.
Al terminar su número, justamente cuando también terminaba el alto, esta chica de rostro angelical y leve sonrisa, presurosa se dirigió a los conductores, a solicitar una cooperación por su actuación.
No obstante que con graciosos mohines solicitaba una moneda, los conductores, los automovilistas la ignoraron, y ella tuvo que resignarse. Un no me persigno, alcanzamos a oír que decía con cierto desencanto. La lucha por lo sobrevivencia en las calles de la gran urbe es, a todas luces, cruel, desesperada, angustiosa.
MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA / Periodista.
Correo electrónico: loppra@economia.unam.mx