Nos acabamos de enterar que el inefable Banxico, todavía bajo el cuidado de Guillermo Ortiz, está emitiendo un titipuchal de monedas fraccionarias de baja denominación, y que son de poco uso, porque sencillamente su poder adquisitivo es nulo.
Cuando se tuvo a bien volver a instaurar este tipo de monedas fraccionarias, se acuñó la de cinco centavos, que ya desapareció totalmente de la circulación. Pero anteriormente, en otros tiempos y bajo otras circunstancias económicas o coyunturales, como suelen decir los economistas, es decir en aquellos tiempos en que todavía prevalecía un patrón metálico, la plata, había monedas fraccionarias de cobre y de plata que eran auténticas obras de arte, y que además tenían bastante poder adquisitivo, de esa manera circulaban monedas de uno, de dos y de cinco centavos hechas de cobre, y de ahí en adelante los demás signos monetarios estaban representados por monedas de plata, es decir la de 10, 20 y 50 centavos, llamados por el pueblo “tostones”, y por supuesto la moneda de un peso del llamado 0.720, piezas que ahora son codiciadas por los coleccionistas; había poco papel moneda, pero como decíamos, eran otros tiempos de acuerdo con la situación de aquel entonces.
Sin embargo, mucho tiene que significar para la economía de un país la estabilidad de sus signos monetarios, porque cuando se cambian con alguna regularidad quiere decir que prevalecen conatos de inestabilidad económica, y esto redunda en la pérdida de confianza por parte del público, y cuando esto sucede opera brusca y silenciosamente la famosa Ley de Gresham, que dice más o menos que el dinero malo sustituye al bueno.
En particular, el caso de la moneda de 10 centavos es patético. Desde hace tiempo prácticamente está fuera de uso, porque con 10 centavos nada se puede adquirir, vamos, ni con un peso, porque su valor facial es nulo frente a su valor real o económico; para adquirir algún bien o dar una propina, mínimo hay que echar manos de una moneda de cinco pesos, y con las de 10 si acaso podríamos adquirir un periódico, y así por el estilo.
Dice el Banxico que al año en México se acuñan 400 millones de piezas de la moneda de 10 centavos, pero surge la pregunta necesaria: ¿Sirve de algo efectivo el seguir usando este tipo de moneda de valor nulo? Casi nadie las acepta, pero además su manejo es molesto, y las que se encuentran tiradas en la calle nadie se preocupa por levantarlas; ahora se dice que las nuevas monedas son más pequeñas, y además hechas de acero inoxidable, y todo por ahorrarse 300 millones de pesos al año.
Los países más importantes desde el punto de vista económico no acostumbran estar cambiando seguido sus signos monetarios, porque esto quiere decir que influye en la confianza que tiene de su moneda el usuario respectivo.
En el caso de México, la sustitución tanto de billetes bancarios como de monedas de metal es muy frecuente y además costosa, pues al fin de cuentan es una manera de encubrir que nuestra situación económica continúa dando traspíés.
MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA / Periodista.
Correo electrónico: loppra@economia.unam.mx
Cuando se tuvo a bien volver a instaurar este tipo de monedas fraccionarias, se acuñó la de cinco centavos, que ya desapareció totalmente de la circulación. Pero anteriormente, en otros tiempos y bajo otras circunstancias económicas o coyunturales, como suelen decir los economistas, es decir en aquellos tiempos en que todavía prevalecía un patrón metálico, la plata, había monedas fraccionarias de cobre y de plata que eran auténticas obras de arte, y que además tenían bastante poder adquisitivo, de esa manera circulaban monedas de uno, de dos y de cinco centavos hechas de cobre, y de ahí en adelante los demás signos monetarios estaban representados por monedas de plata, es decir la de 10, 20 y 50 centavos, llamados por el pueblo “tostones”, y por supuesto la moneda de un peso del llamado 0.720, piezas que ahora son codiciadas por los coleccionistas; había poco papel moneda, pero como decíamos, eran otros tiempos de acuerdo con la situación de aquel entonces.
Sin embargo, mucho tiene que significar para la economía de un país la estabilidad de sus signos monetarios, porque cuando se cambian con alguna regularidad quiere decir que prevalecen conatos de inestabilidad económica, y esto redunda en la pérdida de confianza por parte del público, y cuando esto sucede opera brusca y silenciosamente la famosa Ley de Gresham, que dice más o menos que el dinero malo sustituye al bueno.
En particular, el caso de la moneda de 10 centavos es patético. Desde hace tiempo prácticamente está fuera de uso, porque con 10 centavos nada se puede adquirir, vamos, ni con un peso, porque su valor facial es nulo frente a su valor real o económico; para adquirir algún bien o dar una propina, mínimo hay que echar manos de una moneda de cinco pesos, y con las de 10 si acaso podríamos adquirir un periódico, y así por el estilo.
Dice el Banxico que al año en México se acuñan 400 millones de piezas de la moneda de 10 centavos, pero surge la pregunta necesaria: ¿Sirve de algo efectivo el seguir usando este tipo de moneda de valor nulo? Casi nadie las acepta, pero además su manejo es molesto, y las que se encuentran tiradas en la calle nadie se preocupa por levantarlas; ahora se dice que las nuevas monedas son más pequeñas, y además hechas de acero inoxidable, y todo por ahorrarse 300 millones de pesos al año.
Los países más importantes desde el punto de vista económico no acostumbran estar cambiando seguido sus signos monetarios, porque esto quiere decir que influye en la confianza que tiene de su moneda el usuario respectivo.
En el caso de México, la sustitución tanto de billetes bancarios como de monedas de metal es muy frecuente y además costosa, pues al fin de cuentan es una manera de encubrir que nuestra situación económica continúa dando traspíés.
MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA / Periodista.
Correo electrónico: loppra@economia.unam.mx