Durante muchos años, Guadalajara fue un foco de atracción para personas nacidas en otros lugares. Zonas completas de la ciudad fueron colonizadas por personas procedentes del resto de Jalisco. La mayor parte de las viviendas del Oriente —desde la Calle 34— y el Norte —desde Atemajac a Santa Cecilia— se construyeron, muchas veces con sus propias manos, por migrantes de la Costa, Los Valles, Los Altos o la Ciénega, atraídos por la búsqueda de un mejor futuro para ellos y sus familias.
Con el paso del tiempo, a estos flujos migratorios se sumaron guanajuatenses, michoacanos, colimenses, nayaritas, zacatecanos, hidrocálidos y sinaloenses.
Este flujo migratorio, que sin duda enriqueció material y culturalmente a Guadalajara, ha comenzado a revertirse. Hoy cada vez más tapatíos buscan su futuro en otros lugares del país o del extranjero. Y aunque el Servicio Nacional de Empleo (SNE) en Jalisco asegura que ese fenómeno obedece a la calidad de los trabajadores y profesionales jaliscienses, tenemos que reconocer que la mayoría lo hace porque no tienen otra opción si se quedan en la ciudad.
En algún momento del pasado reciente, Jalisco y su capital perdieron la capacidad de planear su crecimiento organizado, y la mejor prueba es que Guadalajara y su zona conurbada, con sus 400 kilómetros cuadrados, es casa de más de la mitad de todos los que vivimos en Jalisco, con sus 80 mil kilómetros cuadrados.
Por eso habría que matizar los argumentos del SNE, que se atribuyen un logro que no es suyo, sino de los migrantes jaliscienses.
De acuerdo con cifras provenientes de Estados Unidos, en ese país hay más de tres millones de jaliscienses y descendientes directos. Muchos de ellos, la mayoría, son personas con decisión y empeño para progresar, que viven en otro país porque esta tierra no tuvo forma de aprovechar su dedicación, ingenio y valentía.
Ahora, algunos de los siete millones 400 mil que viven en Jalisco tienen la necesidad, no el gusto, de migrar. Bien por ellos, porque sabrán cumplir sus anhelos. Aquí en Jalisco debemos resolver el crecimiento desorganizado que tenemos, para aprovechar mejor el ímpetu de nuestra gente.
Con el paso del tiempo, a estos flujos migratorios se sumaron guanajuatenses, michoacanos, colimenses, nayaritas, zacatecanos, hidrocálidos y sinaloenses.
Este flujo migratorio, que sin duda enriqueció material y culturalmente a Guadalajara, ha comenzado a revertirse. Hoy cada vez más tapatíos buscan su futuro en otros lugares del país o del extranjero. Y aunque el Servicio Nacional de Empleo (SNE) en Jalisco asegura que ese fenómeno obedece a la calidad de los trabajadores y profesionales jaliscienses, tenemos que reconocer que la mayoría lo hace porque no tienen otra opción si se quedan en la ciudad.
En algún momento del pasado reciente, Jalisco y su capital perdieron la capacidad de planear su crecimiento organizado, y la mejor prueba es que Guadalajara y su zona conurbada, con sus 400 kilómetros cuadrados, es casa de más de la mitad de todos los que vivimos en Jalisco, con sus 80 mil kilómetros cuadrados.
Por eso habría que matizar los argumentos del SNE, que se atribuyen un logro que no es suyo, sino de los migrantes jaliscienses.
De acuerdo con cifras provenientes de Estados Unidos, en ese país hay más de tres millones de jaliscienses y descendientes directos. Muchos de ellos, la mayoría, son personas con decisión y empeño para progresar, que viven en otro país porque esta tierra no tuvo forma de aprovechar su dedicación, ingenio y valentía.
Ahora, algunos de los siete millones 400 mil que viven en Jalisco tienen la necesidad, no el gusto, de migrar. Bien por ellos, porque sabrán cumplir sus anhelos. Aquí en Jalisco debemos resolver el crecimiento desorganizado que tenemos, para aprovechar mejor el ímpetu de nuestra gente.