La mayoría de la gente no se da cuenta de ello, pero cada año por estas fechas que se da el Día Mundial del Medio Ambiente, aparecen por todos lados hartos gestos medio ambientalistas por parte de figuras públicas que el resto del año más bien muestran con sus acciones e inacciones precisamente todo lo contrario: su desconocimiento y desprecio patente por lo que significa el funcionamiento pragmático de los ecosistemas de nuestro país, de nuestro Estado, de nuestro mundo.
Por unos pocos días del año, ellos se suman a la moda cursi del ecologismo emotivo de aquéllos quienes siempre andan pregonando fanáticamente al “ecologismo” más como una identidad sentimental que como la disciplina de ecología abocada a entender el funcionamiento del entorno y sus ecosistemas; el territorio real sobre el cual poblamos en comunidad todos los seres vivientes. Vista desde el espacio exterior, aquí donde todos vivimos es sólo una minúscula capa de aire, agua y suelo que envuelve a nuestro planeta. En todo el universo conocido hasta ahora, por lo pronto no hay otro sitio donde podamos vivir y morir a gusto.
Desde nuestro medio ambiente todos los seres vivos tomamos hacia el interior de nuestros cuerpos lo que necesitamos y queremos; y al medio ambiente tiramos lo que nos sobra, repugna, daña o estorba. No es lo mismo para todos; aquello que para algunos es desecho para otros pudiera ser alimento sabroso, y lo mismo quizás veneno mortal aun para otros. El medio ambiente es aquello que está en “medio de ambos”, unos y otros. Es, curiosamente, lo que a la vez nos separa y nos une. Como el paraíso legendario, el medio ambiente es el lugar en que los seres se mueven a todas sus anchas, tomando cuanto desean, cuando lo desean. También es la jaula de la cual no podemos salir. En sus viajes siderales, los cosmonautas que lo han intentado siempre se han visto obligados a llevar consigo, envuelto entre sus trajes o naves espaciales, un pedazo de medio ambiente que pronto se les agota, forzándoles el retorno a la madre Tierra.
En realidad, el medio ambiente no es nuestro, sino nosotros de él. Cada organismo nacemos, crecemos y tarde que temprano, morimos; y cada organismo desvitalizado regresa a formar parte del inventario material del entorno. Así, por los siglos de los siglos, generación tras generación van miles de millones de años; haciendo de la superficie terrestre el gran cementerio global. Por esto se pueden encontrar accesibles la mayoría de los distintos yacimientos minerales, que no son otra cosa que el cúmulo de restos de cuerpos desechos procesados y depositados por el tiempo.
El petróleo (también de moda) es justamente esto: amasijo resultante de selvas y bosques muertos cuyos restos han sido sometidos a las fuerzas del entorno hasta llegar a convertirlo en el oro negro que tanto saciamos. En los tiempos cuando reinaban las selvas sobre la Tierra, las plantas (usando la energía del Sol) vorazmente incorporaban el bióxido de carbono que abundaba entonces en la atmósfera; los animales y los hongos luego se comían a las plantas, y las bacterias las sobras.
Lo que nosotros hacemos con la gasolina del auto es aprovechar la energía (originalmente del Sol) que todavía aún guardaban esos restos muertos, usándola para mover nuestras máquinas. Para ello, pagamos el costo de regresarle a la atmósfera desechos gaseosos que antiguamente ya estaban allí (hace muchísimo tiempo) con los que ahora envenenamos nuestro aire citadino y provocamos el cambio climático que altera las condiciones en que producimos nuestros alimentos.
Para el siglo XXI, una política pública sensata para el medio ambiente deberá ir más lejos que la demagogia de plantar un chorronal de arbolitos en un solo día. Así no funciona.
NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
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