ENTRE VERAS Y BROMAS
Alguien dijo que “A los grandes hombres no se les sepulta: se les siembra”. Quería decir, obviamente, que la obra de los seres humanos que se esmeran en dejar huella, para bien, por mínima que sea, de su paso por este Valle de Lágrimas, dejan frutos.
Don Efraín González Luna (inquilino de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, de cuyo fallecimiento se conmemoraron, ayer, 44 años) sería un ejemplo perfecto de esa estirpe: antítesis de “los segundones de la vida, sólo a su goce ruin y al medro atentos y no al concierto universal”, que dijera Martí.
—II—
González Luna (“Don Efra” para quienes aún lo recuerdan con respeto) fue un arquetipo del idealismo y la rectitud aplicados a la política... Por supuesto, no fue gobernante. Fue, en cambio, crítico sistemático de los gobernantes, a partir de la premisa de que un buen Gobierno hace posible “una patria ordenada y generosa”, y de que ese entorno, a su vez, propicia el ideal político de “el bien común”.
Como si hubiera pretendido proyectar su mensaje a casi medio siglo después del fin de su ciclo terrenal, decía Don Efraín: “Si nadie respeta a nadie, no hay posibilidad de derecho, de seguridad, de tranquilidad, de progreso”. Como si fuera un profeta que hablara para los tiempos futuros —es decir, los presentes—, un tanto caóticos, y para las generaciones actuales, proclives a la anarquía, afirmaba: “Sin ley que respetar, sin empresa común que cumplir, se tendría que vivir en constante pugna y habría mutua destrucción”.
—III—
Crítico de los homenajes luctuosos huecos —¿como el que a él mismo se le rindió ayer?—, con discursos grandilocuentes que se diluyen en la nada, González Luna dijo alguna vez: “No estamos aquí para llorar sobre tumbas que, por cierto, guardan restos para nosotros bien enterrados (...). Ciertamente, removemos tumbas, pero sólo para descubrir los auténticos, los venerables, los insustituibles cimientos de la Patria y hacer sobre ellos un país nuevo”.
En efecto: si quienes ayer adornaron su estatua en la Rotonda con ofrendas florales que hoy son basura, aún oyeran con atención las palabras de Don Efraín, probablemente advertirían en ellas un enérgico tono de reproche.
Alguien dijo que “A los grandes hombres no se les sepulta: se les siembra”. Quería decir, obviamente, que la obra de los seres humanos que se esmeran en dejar huella, para bien, por mínima que sea, de su paso por este Valle de Lágrimas, dejan frutos.
Don Efraín González Luna (inquilino de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, de cuyo fallecimiento se conmemoraron, ayer, 44 años) sería un ejemplo perfecto de esa estirpe: antítesis de “los segundones de la vida, sólo a su goce ruin y al medro atentos y no al concierto universal”, que dijera Martí.
—II—
González Luna (“Don Efra” para quienes aún lo recuerdan con respeto) fue un arquetipo del idealismo y la rectitud aplicados a la política... Por supuesto, no fue gobernante. Fue, en cambio, crítico sistemático de los gobernantes, a partir de la premisa de que un buen Gobierno hace posible “una patria ordenada y generosa”, y de que ese entorno, a su vez, propicia el ideal político de “el bien común”.
Como si hubiera pretendido proyectar su mensaje a casi medio siglo después del fin de su ciclo terrenal, decía Don Efraín: “Si nadie respeta a nadie, no hay posibilidad de derecho, de seguridad, de tranquilidad, de progreso”. Como si fuera un profeta que hablara para los tiempos futuros —es decir, los presentes—, un tanto caóticos, y para las generaciones actuales, proclives a la anarquía, afirmaba: “Sin ley que respetar, sin empresa común que cumplir, se tendría que vivir en constante pugna y habría mutua destrucción”.
—III—
Crítico de los homenajes luctuosos huecos —¿como el que a él mismo se le rindió ayer?—, con discursos grandilocuentes que se diluyen en la nada, González Luna dijo alguna vez: “No estamos aquí para llorar sobre tumbas que, por cierto, guardan restos para nosotros bien enterrados (...). Ciertamente, removemos tumbas, pero sólo para descubrir los auténticos, los venerables, los insustituibles cimientos de la Patria y hacer sobre ellos un país nuevo”.
En efecto: si quienes ayer adornaron su estatua en la Rotonda con ofrendas florales que hoy son basura, aún oyeran con atención las palabras de Don Efraín, probablemente advertirían en ellas un enérgico tono de reproche.