Historias de espionaje


Todo Estado debe espiar, o para decirlo de otra manera más suave, por todos los medios a su alcance debe recabar y evaluar datos públicos y privados, internos y externos. Es una obligación ineludible, si ha de actuar responsablemente en la preservación de la soberanía y del orden interior. A eso se le llama labor de inteligencia, pues se trata de hacer inteligible, comprensible, lo que se dice y lo que ocurre con el fin de estar en condiciones de prever los hechos y oportunamente tomar medidas para evitar daños a la nación, así como a sus instituciones, empresas y habitantes.

Frente a esa realidad, sin embargo, pareciera que asistimos a una nueva temporada del peculiar desgarre de vestiduras, golpes de pecho, jaculatorias de pureza institucional que llevan a los políticos a gritar: ¡Pruebas, pruebas, pruebas!, cuando se le ocurre a algún burócrata de la seguridad nacional declarar que el narcotráfico y el crimen organizado están metidos hasta la cocina de los partidos, los congresos locales y federales, los gobiernos estatales, los poderes de la Unión.

Toda la clase política mexicana sabe de sobra que la narcopolítica existe. Pero muy pocos, entre ellos el primer círculo presidencial, saben bien dónde está, los niveles a los que ha llegado y quiénes tienen “cola que les pisen”.

Por eso, porque son muchos los que saben que algo deben, políticos de todos los partidos, entre ellos alcaldes, diputados federales y locales, senadores y gobernadores, se dicen agraviados cuando en un diario europeo se presume lo que aquí todos saben: la creciente relación de la narcopolítica y el poder.

Luego apareció el cuento de que el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) espía a Manlio Fabio Beltrones. ¿De verdad, alguien con una pizca de sensatez puede sostener que la basura que le llegó al poderoso Beltrones salió del Cisen? Dar crédito a esta posibilidad ofende no al Centro de Investigación, sino al sentido común, a la inteligencia ciudadana básica. Pero a reserva de que pronto nos ocuparemos de las embestidas políticas contra Beltrones (el candidato más fuerte a la Presidencia de 2012), lo cierto es que por debajo de todo está el argüende mediático a la relación narcotráfico-poder.

Cisen, existe información real, puntual y sistematizada, en manos del Gobierno federal, sobre los vínculos y la creciente relación del crimen organizado, su brazo armado del narcotráfico, no sólo con alcaldes, diputados locales, federales, gobernadores y hasta líderes políticos; sino con gobernadores y hasta iglesias y ministros de culto.

Para una institución como el Cisen no hay costo más alto que el de ver descubierta su misión. Para un agente secreto no hay mayor fracaso que ver revelada su identidad real. Y para un político como Beltrones, que ha posicionado con tanta fuerza su imagen en la esfera pública, no hay riesgo más delicado que el de remitir su identidad a etapas pasadas que pertenecerían a la historia secreta de su historia. Recordando aquella vieja noticia de un diario estadounidense que lo inmiscuía con los capos del narcotráfico.

CARLOS CORVERA / Analista político.
Correo electrónico: corveracmx@hotmail.com
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