Hipatia (370- 415) era hija de Teón de Alejandría, un ilustre filósofo y matemático de la época, comentador del matemático Euclides y del emperador Tolomeo (sucesor de Alejandro Magno), quien fue el maestro de su hija desde niña, a la que creó, según sus palabras, para que fuera “el ser humano perfecto” y desde pequeña cultivó con el mismo ahínco la gimnasia y el estudio de las ciencias, la música y la filosofía. Pronto fue a estudiar Filosofía en la Universidad de Atenas, la que le entregó la distinción que reservaba para sus alumnos más destacados: la corona de laureles.
Según algunas crónicas de la época, su belleza era tan grande como su modestia, las dos eran igualadas por su elocuencia y las tres sobrepasadas por sus sabiduría. Era popular en la ciudad, sus alumnos fueron un grupo muy unido de aristócratas paganos y cristianos, algunos de los cuales desempeñaron altos cargos.
Sócrates Escolástico, historiador de Hipatia, escribió, 120 años después de su muerte: “La belleza, inteligencia y talento de esta gran mujer fueron legendarios, superó a su padre en todos los campos del saber, especialmente en la observación de los astros”. Durante 20 años Hipatia se dedicó a investigar las ciencias y a enseñar a los estudiantes de Europa, Asia y África que se acercaban al museo -un centro de investigación y enseñanza selecto- en el que la maestra explicaba las enseñanzas sobre la aritmética de Dofanto, la filosofía de Plotino, mecánica, lógica.
Aunque no profesaba la fe, fue maestra de sabios cristianos como Sinesio, que llegaría a obispo. En su producción de publicaciones se cuentan las famosas tablas astronómicas, un manual para la construcción de astrolabios y el más importante: “De las cónicas”, en el que desarrolló el álgebra y la trigonometría a un nivel tal, que tardaría varios siglos en ser superado. En el siglo XVII se descubrió que muchos fenómenos físicos (como la órbita de los planetas) podían analizarse gracias a las curvas formadas por las secciones realizadas de un cono.
La seducción de la personalidad de Hipatia, que llegó hasta nuestra época, a través de sus alumnos, quienes reprodujeron sus escritos y propagaron sus enseñanzas, ya que todo fue quemado, repito, su influencia fue apreciada por el obispo Cirilo de Alejandría, quien, al parecer organizó su asesinato, ya que él pensaba que el buen nombre y talento de Hipatia dotaba al paganismo de un indiscutible prestigio.
En el año 415 de nuestra era, una multitud de fanáticos arrancó a la científica de su carruaje, la despojó de su ropa y cortó la carne de su cuerpo con caracoles afilados hasta que “el aliento dejó su cuerpo”, pero además al cadáver le arrancaron brazos y piernas y finalmente lo incineraron.
Ella nunca aceptó que sus conocimientos de las ciencias tendrían que ser sustituidos por la nueva fe. En contraste, su muerte me recuerda las muestras de intolerancia política de nuestros días en que en las campañas para las elecciones se juega sucio, se traiciona y se miente, no se ejerce ninguna virtud y siempre se vitupera y se rechaza violentamente al contrario.
Con el asesinato de Hipatia, Alejandría dejo de ser centro del conocimiento.
MARTHA GONZÁLEZ ESCOBAR / Divulgadora científica. UdeG.
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