Hace falta dinero


¿Cuántas veces al día diremos eso: que nos falta dinero? Desde los gobernantes hasta el más modesto de los mexicanos ven que su bolsa está más vacía que llena.

—Creo que llevaba 100 pesos y sólo hallo 50 con unas moneditas, caramba, no me da para todo. Suprimiré el chocolate que tanto me gusta. Al fin no es de necesidad, sino de capricho.

Capricho. Muchas veces los caprichos son necesidades. Uno tiene derecho a un sabor agradable que dulcifique las amarguras de otros.

El mexicano modesto va quitando cosas de su lista de necesidades. Pocos sueldos suben. Y con esa advertencia de la próxima escasez de alimentos empezamos a tener pesadillas. Muchos negocios están de capa caída y ajustan al personal. Quiere decir que dejan sin trabajo a una buena cantidad de empleados ¿qué harán?

Los de la política lo arreglan con los impuestos: subirlos o inventar unos nuevos.

Si usted, amigo, lee algún libro de historia en el que haya capítulos referentes a la situación económica de un rey o muchos reyes, se enterará de que todos estaban en rojo, a no ser, como Isabel I de Inglaterra, que tuviera piratas a sus órdenes.

En esto de los impuestos creo que hay países que los cobran por las ventanas que tenga una casa. Franco, que deseaba una población numerosa para tener muchos soldados, inventó el impuesto a la soltería, y ahora que estoy leyendo un libro de Antolio Gala, “El pedestal de las estatuas”, me encuentro en la página 206 el impuesto de la sisa. Vaya que me eché a reír, y voy a hablar de él aquí, por si sirve a los políticos.

Sisa, en general, se llama a algo que se roba en las compras, es decir se le manda a la cocinera a comprar un kilo de carne y trae 850 gramos, pero a la señora le cobra el kilo entero y esa diferencia es para la cocinera, se guarda la sisa que, en muchos casos, será una “justa compensación”.

Bueno, pues la sisa a la que me refiero pretendió establecerla Carlos I de España y V de Alemania, tan metido en guerras de religión que nunca le alcanzaban los otros impuestos ni el contenido de los galeones que le llegaban de América, repletos de oro y plata, adquiridos “a la buena” en el nuevo Continente... que le llegaban si los piratas ingleses y franceses no se hacían con ellos en alta mar.

Bien, pues dice el libro mencionado, que el impuesto de la sisa disminuía la cantidad de los comestibles comprados, pero el precio no.

Un poco de esta arroba, otro poquito de esta fanega... Podemos comprar kilos de 800 gramos y pagar por mil, la ganancia para solucionar el lío del petróleo o subir la paga a los políticos que ¡cómo trabajan! y ¡cuántas cosas útiles nos dan!

Al fin y al cabo el pobre está acostumbrado a comer poco, que coma un poco menos no lo notará.

GABRIEL PAZ / Escritora.
Correo electrónico: macachi809@hotmail.com
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