Guadalajara de nadie


Al finalizar la década de los años sesenta del siglo pasado, comenzó para Guadalajara el final de su historia. Corrupción e ineptitud son quienes custodian ahora a esta leal ciudad.

Ineptitud es así el defecto adictivo que ha destruido a nuestra ciudad, ineptitud para planear su crecimiento, para prever su movilidad, generar su infraestructura hidráulica, conservar su medio ambiente, desarrollar y conservar dinámicamente sus áreas verdes, promover la salud física y mental de sus habitantes, y tantos otros rubros que competen a la administración pública, rubros que han originado infinidad de puestos y escritorios, todos siempre cubiertos y la mayoría de las veces, casi todos pésimamente desempeñados.

La corrupción que no es solamente el soborno, sino la deshonestidad de quien cobra sin dar resultados, o asume cargos para los cuales no está capacitado, es el otro demonio de la ciudad. Es la corrupción de los funcionarios que cometen incluso a sabiendas, todo tipo de errores dejándole las consecuencias “al que siga”; la corrupción del que se empeña en mantenerse en un puesto a costa del bien de los demás; del que hace de la función pública su palestra personal y se aferra a ella como una forma de posponer el juicio de la historia; corrupción que corroe y permea todo el tejido social y que unida a la ineptitud favorece el que se confunda “el no se puede hacer nada”, con el “tú ya no tienes la capacidad para hacer nada”, si eres honesto, presupuesto imposible, deja el cargo, pues mientras más lo retienes, mayor es el mal que provocas.

Entre tanto, socavones en el subsuelo, pérdida de bosques y tierras fértiles, degradación del aire y del agua, vías de comunicación cerradas por malhechas, congestionamiento por sincronización de semáforos en alto más siga más alto, ausencia de autoridad que controle a los vándalos del volante y del grafiti, un Centro Histórico que se vuelve botín de teóricos marcianos a la vez que se derrumba, hacinamiento humano en las periferias, avasallante crecimiento de la drogadicción, la violencia familiar y social, la delincuencia organizada y la desorganizada, el cinismo de los diputados en el Congreso, a quienes los medios de comunicación siempre los captan haciendo de todo, menos poniendo atención.

¿Y dónde queda lo positivo? Como de costumbre, en la gente misma, que a pesar de todo sigue trabajando día con día, la gente que pinta y repinta sus casas, aunque deba cada vez alambrarlas más, en  su tenaz paciencia a la hora de formarse hasta para pagar o solicitar los servicios que paga, en su solidaridad humana frente a las tragedias evitables de las aguas, del tráfico y de los camioneros, en tantos organismos no gubernamentales, en la función misma de un periodismo que quiere hacer las veces del profetismo israelita sabedor del pánico que le causa a los referidos demonios, pero también en muchos funcionarios que tratan de hacer lo mejor que pueden a pesar del ambiente en que laboran, que siguen cumpliendo aunque les chiflen sus colegas.

ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO / Licenciado en Historia.
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