¿Festejar?


Estas fiestas tuvieron un sabor extraño. El Viva México no fue expresado como otros años, como siempre, como antes. Las voces trataban de emitir sonidos que manifestaran una alegría que estaban muy lejos de sentir: Viva México ¿en la pobreza…? Viva México ¿en la inseguridad…? Viva México ¿en la dependencia económica y la desolación política…? ¿Viva México? La música no lograba encender el ánimo y las pocas banderitas que ondeaban más parecían los vendajes de un país lastimado, que la manifestación del entusiasmo. El enjambre humano, antes comunidad disfrutada, estaba permeada por la desconfianza; unos y otros se miraban como si trataran de adivinar la delincuencia bajo la piel… unos y otros queriendo recuperar la confianza, lanzaban gritos que eran ahogados por el miedo, por la incertidumbre, por la desesperanza que penetra la piel de la nación. La autoridad salió al balcón y las voces se silenciaron, no por el respeto ganado, sino por el enojo sentido, agolpado en las entrañas del cuerpo social, dolor de uno
, del otro, dolor sumado en la soledad de la muchedumbre.

La autoridad salió y su voz sólo pudo expresar un grito: el de las conciencias rotas… miedo a la verdad. Al contrario que otros años, el llamado a los héroes que nos dieron Patria, no bastó, o quizá era lo esperado, porque decir Hidalgo, fue hacer presente la dependencia que ahoga… nombrar a Morelos fue reconocer los Sentimientos de la Nación hechos pedazos de Patria en el olvido. Decir Allende bastó para recordar otras luchas… otros tiempos. Para cuando la Corregidora fue nombrada, la desolación y la tristeza recorrían la explanada sin que nadie pudiera lanzar un viva más.

Al empezar a tañir la campana, ya la muchedumbre había dado la espalda a la celebración “oficial”. En el primer repique, la multitud, antes recelosa, dejó de mirarse con desconfianza para hermanarse en la solidaridad; y las voces de todos fueron una sola voz, y las miradas de todos fueron una sola mirada que, cargada de enojo, se dirigía hacia donde estaba la autoridad… templete artificioso que no bastaba para esconder el miedo a una multitud recriminando… templete al que llegó el automóvil salvador para trasladar a la autoridad.

El ambiente tenso fue cortado por los estruendos de un torito que, alegre y multicolor, salió de la plaza; los rostros de la muchedumbre, libres al fin en su festejo, dejaron el enojo para recuperar la risa, sonoridad mexicana que esa noche, por primera vez, se expresaba. Toritos y castillo iluminaron la verdadera fiesta, la fiesta popular de una comunidad unida por el dolor, pero hermanada en la esperanza de sí mismos, de todos y de cada uno.

Entonces, las banderas volvieron a ser tricolores y las voces recuperaron el eco; entonces la sonrisa fue el saludo generoso intercambiado entre la multitud, este inusual 15 de septiembre.

Sí, este 15 fue distinto… fue extraño, pero fue tan real: fue la revelación de las emociones de un país al que han llevado al límite sin reparar que México es muchas cosas, pero nunca: una nación suicida.

LOURDES BUENO / Investigadora de la UdeG.
Correo electrónico: lourdesbueno03@yahoo.com.mx
Sigue navegando