ENTRE VERAS Y BROMAS
El más reciente —que no el último, por supuesto— episodio en el “show” mediático de la semana en torno al conflicto de la Universidad de Guadalajara, saltó de la vehemencia al histrionismo. (“Histrión”, según la Real Academia, es “Persona que se expresa con afectación o exageración propia de un actor teatral”. Usted dirá si es el caso...).
—II—
El capítulo de ayer en la telenovela más taquillera de la historia reciente de Jalisco, comenzó en la Rectoría de la Universidad. En plena rueda de prensa, en la que de manera tumultuaria se ventilaban varios temas que han aflorado a raíz del estridente rompimiento del rector general, Carlos Briseño Torres, con la sombra del ex rector Raúl Padilla López, resurgió el asunto que, aparentemente, desató la guerra —primero verbal, luego de obras— de los últimos meses: la denuncia que oficiosamente presentó Briseño (el estatuto jurídico de la Universidad lo obligaba a hacerlo) contra el doctor Luis Carlos Rodríguez Sancho, por presunto tráfico de influencias en el programa de transplantes de órganos en el Hospital Civil de Guadalajara, y la correspondiente réplica legal del demandado contra el demandante. Algo rutinario, por donde se le mire...
En esas estaban cuando el Rector, a la voz de “si cumplir con la ley y hacerla cumplir es un delito, llévenme a la cárcel”, en vez de bajarle la espuma, agitó aún más el choco-milk al llevarse a los reporteros a las oficinas de la Procuraduría de Justicia. Ahí, como era previsible, se le informó que si la consecuencia jurídica de alguna demanda es la detención de cualquiera de las partes, se actuará como a derecho corresponde. (En otras palabras: la cárcel no es hotel, y no a cualquiera que diga “ya vine” se le deja entrar).
—III—
Briseño Torres ha recogido múltiples expresiones de respaldo y simpatía por su decisión de “quitar la Universidad de Guadalajara de las manos de Raúl Padilla y devolvérsela a la sociedad”. Sin embargo, considerando el axioma de que “En política, la forma es fondo”, se antoja que sería preferible —por cuestión de buen gusto... y por simple pragmatismo— dar ese paso con más sobriedad; con menos estridencia. (Con menos histrionismo, vaya).
El más reciente —que no el último, por supuesto— episodio en el “show” mediático de la semana en torno al conflicto de la Universidad de Guadalajara, saltó de la vehemencia al histrionismo. (“Histrión”, según la Real Academia, es “Persona que se expresa con afectación o exageración propia de un actor teatral”. Usted dirá si es el caso...).
—II—
El capítulo de ayer en la telenovela más taquillera de la historia reciente de Jalisco, comenzó en la Rectoría de la Universidad. En plena rueda de prensa, en la que de manera tumultuaria se ventilaban varios temas que han aflorado a raíz del estridente rompimiento del rector general, Carlos Briseño Torres, con la sombra del ex rector Raúl Padilla López, resurgió el asunto que, aparentemente, desató la guerra —primero verbal, luego de obras— de los últimos meses: la denuncia que oficiosamente presentó Briseño (el estatuto jurídico de la Universidad lo obligaba a hacerlo) contra el doctor Luis Carlos Rodríguez Sancho, por presunto tráfico de influencias en el programa de transplantes de órganos en el Hospital Civil de Guadalajara, y la correspondiente réplica legal del demandado contra el demandante. Algo rutinario, por donde se le mire...
En esas estaban cuando el Rector, a la voz de “si cumplir con la ley y hacerla cumplir es un delito, llévenme a la cárcel”, en vez de bajarle la espuma, agitó aún más el choco-milk al llevarse a los reporteros a las oficinas de la Procuraduría de Justicia. Ahí, como era previsible, se le informó que si la consecuencia jurídica de alguna demanda es la detención de cualquiera de las partes, se actuará como a derecho corresponde. (En otras palabras: la cárcel no es hotel, y no a cualquiera que diga “ya vine” se le deja entrar).
—III—
Briseño Torres ha recogido múltiples expresiones de respaldo y simpatía por su decisión de “quitar la Universidad de Guadalajara de las manos de Raúl Padilla y devolvérsela a la sociedad”. Sin embargo, considerando el axioma de que “En política, la forma es fondo”, se antoja que sería preferible —por cuestión de buen gusto... y por simple pragmatismo— dar ese paso con más sobriedad; con menos estridencia. (Con menos histrionismo, vaya).