El nuevo año da pie a reconstruir lo que quisiéramos de nuestras realidades pasadas, presentes y futuras. Pues sencillamente se trata sólo de recreárnoslas y creérnoslas. Hay tres maneras posibles de plantarnos ante lo que vendrá. Podemos pedir a una fuerza superior del cosmos el cumplimiento de nuestros deseos; o proponernos conseguirlos con la voluntad propia; o simplemente aceptar lo que viene tal cual. Lo más aconsejable es una sana mezcla de los tres. Pedir, proponer, aceptar. Cada quien a su manera.
La fiesta de “noche vieja y año nuevo” es la ocasión de cerrar un ciclo anual y animar el inicio de otro tanto. Sea para ahogar y adormecer los recuerdos punzantes, sea para regocijar sus exitosos logros, festejar el fin de año marca un parteaguas entre calendarios que permite distanciarnos de hechos pasados y proyectarnos a planes futuros. Una oportunidad para hacer la menos cumplida de las actividades humanas: planear lo que queremos ser y también ser lo que planeamos.
Estrenar un año nuevo tiene mucho de borrón y cuenta nueva. Permite saldar pendientes y formular promesas. Es a la vez el epílogo para los 12 meses pasados y el prólogo para los 12 meses siguientes. A diferencia del cumpleaños de cada quien, que es siempre personal y propio, este evento de las 12 campanadas que marcan el inicio del primer día de enero es el acontecimiento anual más celebrado por todos los habitantes del mundo. El conteo regresivo hacia la media noche ocurre 24 veces, en 24 horas, a través de otros tantos usos horarios. Resulta ser el gran evento singular cuyo festejo es, hoy por hoy, el más compartido por los inquilinos de este planeta.
Desde las reuniones familiares o entre amigos, hasta las elegantes fiestas con cena de gala, generalmente se procura entrar al nuevo año acompañado. De no estar a solas. Como si se retara la incertidumbre de lo nuevo y lo desconocido, contando con la protección y el amparo de la compañía. En complicidad con algún prójimo. Ya que no nos queda otra que aceptar que el tiempo pasa y no hay vuelta para atrás, quizás nos es más pasable si lo afrontamos juntos.
El tiempo y el espacio son dos caras de la misma moneda. Ambos se alargan y se acortan juntos; uno sin el otro no tiene sentido. Los recuerdos son siempre en algún lugar y en algún momento pasado. Los sueños y deseos, sin embargo, suelen ser etéreos vuelos buscando dónde y cuándo aterrizar en el futuro.
En su elocuente canto poético a sí mismo, Walt Whitman advierte que dentro de cada quien está la verdad. Que todos no somos sino uno mismo. Un cuerpo que contiene el alma de todos los humanos. Que sólo el delirio en el que vivimos nos hace percibir una muchedumbre. Él canta invitando a cantar y liberar las ilusiones que limitan nuestra existencia. Dispersar las nubes de la ilusión de seres separados y de trascender todas las limitaciones de tiempo y espacio.
NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
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