En memoria de Doña Amalia
Los ojos tiernos y azorados emergían entre la ropa desgastada y el miedo… eran sólo niños, pero su espíritu valiente, aún en la desesperación, los hacía mirarse mayores. Para unos fueron 470, otros registran 500, pero todos llegaron a México, huyendo de la más terrible de las muertes: la Guerra Civil. Una multitud los esperaba, miles de mexicanos conmovidos se agolpaban para ofrecerles hogar, abrigo, pero sobre todo: la vida. En los rostros de los niños se miraba el dolor, el hambre, las imborrables huellas de la violencia y, abriéndose paso por entre la tristeza, una esperanza, un país que los acoge; la realidad de un pueblo que los abriga. Los más pequeños, que no pasan de cuatro años, tratan de no llorar, quieren apagar sus emociones agolpadas, tratan de mitigar las experiencias acopiadas en el largo trayecto de su corta vida; otros, un poco mayores, miran por la escotilla, apenas ocho años… y se sientan erguidos para crecer en estatura lo que les faltaba de edad, como si los años los pudieran defender… y,
al final del galerón, los mayores, sólo 12 y 13 años que tratando de dar ejemplo, se muestran confiados, ocultando la incertidumbre que les devora, apretándola para estrujarla dentro de su puño izquierdo… unos y otros se pasaban la mano por la cabeza, queriendo alisarse el pelo revuelto, queriendo limpiarse la suciedad que no les tocó el alma. Al escuchar el silbato del barco se toman de la mano, cadenas de solidaridad, eslabones donde el otro se vuelve uno mismo… unidos lo pueden todo, hasta saberse libres, hasta saberse a salvo. El barco Mexique atraca en Veracruz el 7 de junio de 1937, con el más valioso cargamento que jamás hubiera tenido: la vida de casi 500 niños españoles refugiados de la Guerra Civil.
Al bajar, se forman en filas, de chico a grande, niños y niñas, había que hacer la tarjeta de identificación, sus caritas sonrientes no pueden desprenderse de sus miradas tristes; después de un breve descanso, el viaje a Morelia en un tren que preparado lucía las banderas de los dos países, en momentos donde tomar partido era penado. Pero no había tiempo, el internado España-México estaba listo para recibirlos.
Al llegar, la fiesta los espera. “¡Aupa! ¡Cuántas flores!... y los dulces, ¿serán de verdad pa’ nosotros? Y entre la duda y la algarabía miran los papelillos de colores que caen sobre sus cabezas, silencioso llanto que se vuelve risa, sentimientos encontrados: ayer metralla, hoy confeti… ¿Dónde estamos? Se decían uno a otro incrédulos, imaginando un no despertar… “Mira que si es sólo un sueño…”. Pero era la realidad. Quinientas vidas recuperadas del horror de la guerra. Quinientos niños arrancados a la barbarie de Franco.
Y ésta es una historia, como muchas otras, de la historia de este país. No, no es un cuento de Navidad, aunque lo parezca, es la historia del hombre cuando se eleva por encima de sí mismo y alcanza la estatura del Hombre. Es la historia del pueblo mexicano, grande y generoso; es la historia del pueblo español en deuda sin saldar. Es la historia de los ideales de la Revolución. Es la historia de Lázaro Cárdenas cuando abrió las puertas a los refugiados españoles; es la historia de Amalia Solórzano cuando abrió las puertas del corazón de los mexicanos a los niños refugiados.
LOURDES BUENO / Investigadora de la UdeG.
Correo electrónico: lourdesbueno03@yahoo.com.mx
Los ojos tiernos y azorados emergían entre la ropa desgastada y el miedo… eran sólo niños, pero su espíritu valiente, aún en la desesperación, los hacía mirarse mayores. Para unos fueron 470, otros registran 500, pero todos llegaron a México, huyendo de la más terrible de las muertes: la Guerra Civil. Una multitud los esperaba, miles de mexicanos conmovidos se agolpaban para ofrecerles hogar, abrigo, pero sobre todo: la vida. En los rostros de los niños se miraba el dolor, el hambre, las imborrables huellas de la violencia y, abriéndose paso por entre la tristeza, una esperanza, un país que los acoge; la realidad de un pueblo que los abriga. Los más pequeños, que no pasan de cuatro años, tratan de no llorar, quieren apagar sus emociones agolpadas, tratan de mitigar las experiencias acopiadas en el largo trayecto de su corta vida; otros, un poco mayores, miran por la escotilla, apenas ocho años… y se sientan erguidos para crecer en estatura lo que les faltaba de edad, como si los años los pudieran defender… y,
al final del galerón, los mayores, sólo 12 y 13 años que tratando de dar ejemplo, se muestran confiados, ocultando la incertidumbre que les devora, apretándola para estrujarla dentro de su puño izquierdo… unos y otros se pasaban la mano por la cabeza, queriendo alisarse el pelo revuelto, queriendo limpiarse la suciedad que no les tocó el alma. Al escuchar el silbato del barco se toman de la mano, cadenas de solidaridad, eslabones donde el otro se vuelve uno mismo… unidos lo pueden todo, hasta saberse libres, hasta saberse a salvo. El barco Mexique atraca en Veracruz el 7 de junio de 1937, con el más valioso cargamento que jamás hubiera tenido: la vida de casi 500 niños españoles refugiados de la Guerra Civil.
Al bajar, se forman en filas, de chico a grande, niños y niñas, había que hacer la tarjeta de identificación, sus caritas sonrientes no pueden desprenderse de sus miradas tristes; después de un breve descanso, el viaje a Morelia en un tren que preparado lucía las banderas de los dos países, en momentos donde tomar partido era penado. Pero no había tiempo, el internado España-México estaba listo para recibirlos.
Al llegar, la fiesta los espera. “¡Aupa! ¡Cuántas flores!... y los dulces, ¿serán de verdad pa’ nosotros? Y entre la duda y la algarabía miran los papelillos de colores que caen sobre sus cabezas, silencioso llanto que se vuelve risa, sentimientos encontrados: ayer metralla, hoy confeti… ¿Dónde estamos? Se decían uno a otro incrédulos, imaginando un no despertar… “Mira que si es sólo un sueño…”. Pero era la realidad. Quinientas vidas recuperadas del horror de la guerra. Quinientos niños arrancados a la barbarie de Franco.
Y ésta es una historia, como muchas otras, de la historia de este país. No, no es un cuento de Navidad, aunque lo parezca, es la historia del hombre cuando se eleva por encima de sí mismo y alcanza la estatura del Hombre. Es la historia del pueblo mexicano, grande y generoso; es la historia del pueblo español en deuda sin saldar. Es la historia de los ideales de la Revolución. Es la historia de Lázaro Cárdenas cuando abrió las puertas a los refugiados españoles; es la historia de Amalia Solórzano cuando abrió las puertas del corazón de los mexicanos a los niños refugiados.
LOURDES BUENO / Investigadora de la UdeG.
Correo electrónico: lourdesbueno03@yahoo.com.mx