Entre veras y bromas

— Trienio sabático

Desairada... como velorio de pobre.
Así fue, porque así tenía que ser, porque la naturaleza no da saltos, porque los olmos siguen reacios a dar peras y, en fin, porque lo que mal empieza mal acaba, la sesión de clausura de la quincuagésima octava legislatura del Congreso del Estado.

—II—


De hecho, para paliar un tanto la ignominia de haber nadado “de muertito” —es decir, de haber tenido la desvergüenza de cobrar sin trabajar— durante tres años, los dizque representantes populares tuvieron a bien colocarse, ya de salida, adherida con su propia saliva, una estrellita en la frente. Ni siquiera fue que se aplaudieran sus propios chistes, como “Capulina”, porque la celebración con que calentaron por última vez las curules y se despidieron del que fue su “recinto (teóricamente) legislativo”, fue la evocación —con los inevitables discursos, mal copiados de “El declamador sin maestro”— de que Jalisco fue, para pasmo de la Humanidad y para mayor gloria y prez de sus hijos, nada menos que el primer Estado de la República en adherirse al pacto federal. (Lo cual, por si el maestro de historia se los deja de tarea a sus hijos, sucedió el 31 de enero de 1824. En efecto: hace 184 años: cuando los valses venían de Viena y los niños de París. Y, también, cuando Jalisco nunca perdía..., y cuando perdía, arrebataba).

Como aún no se inventa ningún mecanismo que permita al pueblo evaluar a sus “representantes” y, eventualmente, reclamarles si considera que éstos fueron unos farsantes, porque no cumplieron en legislar a favor de la ciudadanía, como prometieron en las campañas, y unos desvergonzados porque tuvieron la frescura de pagarse estupendamente el trienio sabático con que se regalaron, ellos pueden cacarear sus huevos hueros: en mil 095 días del trienio, un gran total de 39 sesiones, entre ordinarias y solemnes. En promedio, una cada 28 días... Y aún tienen el cinismo de evaluar su desempeño con un 7 de calificación (punto menos que perfecta, en un país en que muchos estudiantes sostienen a capa y espada que una nota aprobatoria de más de 8... “es sólo vanidad”).

—III—

¿Se entiende ahora por qué decía don Efraín González Luna —no con esas palabras exactas, pero casi— que en México se dedican a la política los pillos que tienen la desfachatez y la astucia suficientes para darse cuenta de que se morirían de hambre si tuvieran que dedicarse al trabajo honrado?
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