Entre veras y bromas

                                                                 — Subi-baja

Transcurrió, holgadita, la primera quincena de las nuevas administraciones municipales... y, hasta donde alcanza a percibirse, aún no empiezan a gobernar.


                                                                       —II—
Ni sirvieron los casi seis meses transcurridos desde las elecciones del 5 de julio hasta el pasado primero de enero, cuando tomaron posesión, para que los afortunados en la rifa de los cargos públicos tomaran algunos cursillos de capacitación, al efecto de que no resplandeciera su calidad de improvisados... ni se dio, con la tersura deseable, el proceso de entrega-recepción de los mismos cargos. En Guadalajara y demás municipios conurbados, los recién llegados aseguran que no es posible empezar a darles rumbo a sus proyectos —en la hipótesis de que alguno hubiera—, porque antes hay que limpiar el cochinero que dejaron sus antecesores. (Éstos, por cierto, por si ya se ha olvidado, llegaron a los puestos en el Gobierno esgrimiendo las banderas de la depuración y predicando la eficientización del mismo. Y, venido a ver...).

De entrada, los recién llegados procedieron a mandar a las filas del desempleo,  por la vía más rápida, a “aviadores”, “supernumerarios”, “trabajadores de confianza”, similares y conexos: funcionarios públicos sin más méritos que ser de las confianzas del patrón en turno. Y no es que los priistas se hayan propuesto el adelgazamiento del obeso aparato burocrático que prometieron, en su turno, los panistas: es que tanto los pintos de tricolor como los azules entendieron que los partidos políticos, al menos en este país, son agencias de colocaciones, y que mientras al ganador de las elecciones —por recurrir a la frase ritual— le hace justicia la Revolución (así, con mayúscula), los vencidos quedan condenados al llanto y al crujir de dientes.


                                                                        —III—
Ni se cumplieron las expectativas de que los panistas demostraran que es posible moralizar la política (moral y política, por lo visto, son vocablos que se repelen: agua y aceite, como quien dice...), ni es de esperarse que los priistas, ahora que volvieron —literalmente— por sus fueros, vayan a demostrar que el receso les sirvió para cambiar por una auténtica vocación de servicio, la maestría para las mañas, oficio que en sus buenos tiempos elevaron a la altura del arte.

El tiempo cicatrizará las heridas de la transición y traerá la resignación a los resentidos de hoy. Están en la Rueda de la Fortuna: los que estuvieron arriba, hoy están abajo. Ya cambiarán los papeles... Y así, ininterrumpidamente, por los siglos de los siglos. Amén.
Sigue navegando