Enséñame a decir ¡no!, papá


Carta de un joven a sus padres

Es tal la avalancha de seducciones para formar parte de los consumidores de drogas, que no hay manera de detener su aplastante victoria en las calles.

No me vengas con que se debe de prohibir o impedir, si está por todos lados. Esa campaña de luchar pa’ que la droga no llegue a tus hijos, es pura mentira. Llega porque llega. Se consigue en tantos lados. Ése no es el asunto.

La verdad es que empecé a fumar mota, porque mis amigos me invitaron y se me hizo bien chido. Se convirtió en mi compañera y maestra, me abrió la conciencia y me alejó de tantas broncas. Si te pusieras en mis zapatos, comprenderías que mucha gente está como yo, la verdad sí queremos droga y la necesitamos. Estas campañas lo único que hacen es encarecerla y dificultar que la podamos conseguir fácilmente. Y peor aún, sirven para que los policías nos extorsionen y nos saquen lana. Es habitual que nos caigan y lo único que nos piden, lo que traemos y si no les damos hasta nuestro celular, nos amenazan con llevarnos al bote.

A mí no me han convencido de que es malo, ni que me afecta a la salud. La neta es pura vida, y disfruto mucho drogarme. Tú sabes, te aligera la carga y te relaja, no le veo la bronca, la hacen de tos. Es puro negocio para los que la venden.

La puritita verdad, es que prefiero aprender a vivir con ella. Hasta ahora nadie me ha enseñado a decir que no.

Si quieres hacer algo por mí convénceme de que no la debo de consumir, mientras no lo logres, estamos de acuerdo que no la voy a dejar y que todo este relajo seguirá igual. Si hay quien la paga, habrá quien la venda. Esa es filosofía pura de la calle.

Mira jefe, yo sé que en tu época era otra onda, que todo esto de las drogas era cosa del demonio. Hoy las cosas son distintas, no te aferres a tu modo de pensar. Entiende la nuestra. Yo veo que el alcohol es mucho más dañino y afecta más la mente de los borrachos, y ésa sí causa muchas muertes, porque los güeyes creen que se lleva con el volante.

Para que te quede claro, prefiero que me enseñes tu cariño, que me hagas compañía, que ya no me regañes ni me castigues. Enséñame lo mejor de ti y no toda la basura en la que vives trabajando.

Enséñame a disfrutar de la vida, a gozar de la alegría y a convivir con la familia.

Ya estoy harto de que me acuses de todo lo malo que hago y que me hagas sentir un hijo problema.

Trátame bien, escúchame, muéstrame el camino del bien.

Dame ejemplo con tu vida.

Enséñame a amar y verás qué fácil aprendo a decirle ¡no! a las drogas.

Lucha por mí, no en contra de ellas.

GUILLERMO DELLAMARY / Filósofo y psicólogo.
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