El Partido Demócrata definió ayer a su candidato presidencial para la elección de noviembre, en un proceso que ha sido histórico por múltiples razones y que dejará un precedente para las candidaturas presidenciales en Estados Unidos en los años venideros.
Histórico, porque ha sido un proceso sumamente largo. Desde que en enero del año pasado Barack Obama y Hillary Clinton anunciaran sus intenciones de competir por la candidatura presidencial, han transcurrido exactamente 18 meses de una pelea electoral digna de un verdadero guión cinematográfico. Dieciocho meses que desafiaron todas las reglas electorales escritas en las contiendas presidenciales. Dieciocho meses que cambiarán la historia del Partido Demócrata y de la forma en la que se hace política en Estados Unidos.
Histórico, porque nunca antes en un proceso de selección interna de candidatos partidistas se había recaudado tanto dinero. Tan sólo entre las candidaturas de Barack Obama y Hillary Clinton se juntaron más de 400 millones de dólares, mayoritariamente a través del internet, y provenientes en gran parte de miles de votantes jóvenes que donaron menos de 15 dólares.
Doblemente histórico, porque por primera vez uno de los dos principales partidos políticos tuvo como finalistas a un afroamericano y a una mujer, en un país en el que el racismo y el sexismo continúan siendo moneda de cambio en el discurso político y en las actitudes de su sociedad, pero al mismo tiempo porque esas dos históricas candidaturas movilizaron a casi 36 millones de votantes, que participaron en las primarias a lo largo de todo el proceso.
Finalmente, histórico porque una regla electoral no escrita dice que las elecciones presidenciales no las ganan ni los senadores ni los representantes, sino los gobernadores. En efecto, el último hombre que del Senado brincó directamente a la Presidencia fue John F. Kennedy, en 1961. El 20 de enero de 2009, John McCain o Barack Obama, ambos senadores, romperán con esa inercia de 48 años.
Sin embargo, lo más importante es que tuvieron que pasar más de 230 años para que en Estados Unidos un hombre afroamericano o una mujer tuviesen posibilidades reales de ser nominados por uno de los dos grandes partidos políticos para la Presidencia. Más de dos siglos en los que un Estado débil, que nació protegiendo y defendiendo la esclavitud, una de las instituciones más antidemocráticas posibles, transitó hasta convertirse en la única potencia global y hoy en el país en el que Barack Obama, un hombre afroamericano venido literalmente de la nada, derrotó a una de las parejas políticas más poderosas de Estados Unidos para convertirse en el primer candidato presidencial afroamericano.
Aún resta por ver si el Partido Demócrata logra sanar las heridas de un proceso interno en el que sus simpatizantes se dividieron entre Hillary y Obama, y si éste logra seducir no sólo a demócratas, sino a republicanos e independientes para llegar a la Presidencia, terminando con ocho años del dominio de los republicanos y rompiendo con un pesado pasado marcado por el racismo.
GENARO LOZANO / Académico del ITAM.
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