Está fuera de toda discusión la tradicional riqueza natural del territorio mexicano, que se basa no sólo en las reservas de hidrocarburos, sino en valiosos y codiciados recursos que son susceptibles de renovarse, como son los recursos marítimos y los de las aguas territoriales, que pese a los efectos nocivos de la contaminación, son codiciados por países extranjeros.
Resulta paradójico, y solamente podríamos encontrar una explicación aceptable en aquello que representa el devenir histórico de nuestro pueblo, que en principio debería ser fundamentalmente de carácter marítimo, y no lo es, y allí están los 10 mil kilómetros de costas, más la anchurosa plataforma marítima, y como si fuera poco, están los cinco mil kilómetros de islas, la gruesa mayoría de ellas abandonadas y explotadas por manos extranjeras. No cabe duda, México seguirá siendo un país continental, pues continúa viviendo de espaldas al mar; además nuestra dieta cotidiana no está basada en productos marinos. El mexicano continúa consumiendo pescado y similares solamente en dos fechas del año con carácter ritual: en la Semana Santa y en Navidad.
Esto lo sacamos a cuento, porque un diario capitalino, en su edición del 3 de este mes de enero, publicó una nota señalando el peligro en que están las casi 300 islas mexicanas por falta de registro oficial, según denuncia de un senador panista, y además por el abandono total de casi todas ellas, y por supuesto el grueso de los mexicanos ignoran su existencia.
Pero los datos citados en esa nota se quedan cortos, pues México, por descuido, olvido, ignorancia o negligencia políticas, ha sufrido una pérdida insular mayor de lo que se cree, además de la Isla de la Pasión, o Clippeerton, que se convirtió en toda una leyenda de abnegación y sacrificio. En este caso se encuentra el llamado Archipiélago del Norte, o sea el grupo de islas que se encuentran frente a la Alta California, el cual no entró en las cláusulas del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, que puso fin a la llamada Mexican War (1846-1848), y que viene a señalar los nuevos límites fronterizos entre México y Estados Unidos. Es un conjunto de islas de gran riqueza, y que obviamente los vecinos del Norte han sabido aprovechar de acuerdo son sus principios pragmáticos o utilitaristas. Entre ellas se encuentra la Isla de Santa Catalina. Por supuesto, ningún Gobierno mexicano las reclamó a tiempo, y ese archipiélago se perdió para siempre.
Estos recordatorios son convenientes para que el pueblo conozca de la existencia de esa riqueza natural que siempre ha estado no solamente abandonada, sino desconocida, y por ende ignorada. Podría convertirse en un proyecto muy adecuado de promoción económica, para ofrecer una alternativa de acción productiva para la economía nacional, y para dar ocupación a muchos millares de jóvenes.
MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA / Periodista.
Correo electrónico: loppra@economia.unam.mx
Resulta paradójico, y solamente podríamos encontrar una explicación aceptable en aquello que representa el devenir histórico de nuestro pueblo, que en principio debería ser fundamentalmente de carácter marítimo, y no lo es, y allí están los 10 mil kilómetros de costas, más la anchurosa plataforma marítima, y como si fuera poco, están los cinco mil kilómetros de islas, la gruesa mayoría de ellas abandonadas y explotadas por manos extranjeras. No cabe duda, México seguirá siendo un país continental, pues continúa viviendo de espaldas al mar; además nuestra dieta cotidiana no está basada en productos marinos. El mexicano continúa consumiendo pescado y similares solamente en dos fechas del año con carácter ritual: en la Semana Santa y en Navidad.
Esto lo sacamos a cuento, porque un diario capitalino, en su edición del 3 de este mes de enero, publicó una nota señalando el peligro en que están las casi 300 islas mexicanas por falta de registro oficial, según denuncia de un senador panista, y además por el abandono total de casi todas ellas, y por supuesto el grueso de los mexicanos ignoran su existencia.
Pero los datos citados en esa nota se quedan cortos, pues México, por descuido, olvido, ignorancia o negligencia políticas, ha sufrido una pérdida insular mayor de lo que se cree, además de la Isla de la Pasión, o Clippeerton, que se convirtió en toda una leyenda de abnegación y sacrificio. En este caso se encuentra el llamado Archipiélago del Norte, o sea el grupo de islas que se encuentran frente a la Alta California, el cual no entró en las cláusulas del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, que puso fin a la llamada Mexican War (1846-1848), y que viene a señalar los nuevos límites fronterizos entre México y Estados Unidos. Es un conjunto de islas de gran riqueza, y que obviamente los vecinos del Norte han sabido aprovechar de acuerdo son sus principios pragmáticos o utilitaristas. Entre ellas se encuentra la Isla de Santa Catalina. Por supuesto, ningún Gobierno mexicano las reclamó a tiempo, y ese archipiélago se perdió para siempre.
Estos recordatorios son convenientes para que el pueblo conozca de la existencia de esa riqueza natural que siempre ha estado no solamente abandonada, sino desconocida, y por ende ignorada. Podría convertirse en un proyecto muy adecuado de promoción económica, para ofrecer una alternativa de acción productiva para la economía nacional, y para dar ocupación a muchos millares de jóvenes.
MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA / Periodista.
Correo electrónico: loppra@economia.unam.mx