El precio a pagar


Uno busca la independencia cuando se tiene la edad para hacerlo, para dejar de depender de los padres. Pero el hacerlo tiene su precio, pues hay que administrarnos por nuestra cuenta y riesgo, regular nuestra vida y, ojalá, aprovechar la libertad para un mejor nivel de vida.

Pero no todo sale a la primera. Por eso, después del grito en Dolores, en 1810, el cura Hidalgo tocó las campanas a arrebato para empezar un largo camino y lograr lo que se proponía 10 años después, pagando con su propia vida y las de otros miles que lo siguieron, que tenían la esperanza de que la guerra implicara ventajas sustantivas, como fue, efectivamente, el acabar con la esclavitud y que sólo por eso valió la pena. Una heroína me ha sorprendido: doña Josefa Ortiz de Domínguez, la esposa del Corregidor de Querétaro que perdió todo lo que tenía, para morir tiempo después de haber sido torturada de una manera espantosa.

Cuando se interioriza ese acto, el grito es como el que pudimos dar cuando decidimos ganar algunos grados de libertad al irnos a vivir a la Ciudad de México. Tuvo su precio, pero era más importante esa idea de libertad, que seguir en Guadalajara, dependiendo de la familia.

El precio no nos importó pagarlo. La libertad que, por momentos, parecía libertinaje, fue parte del aprendizaje y, ahora, tiempo después, celebramos gritando “¡Viva México!, hijos de mañana…”, nada más de saber que tenemos vida propia, libre del polvo y de la paja que creíamos tener para, desde entonces, depender de nosotros mismos.

Hubo una primera Constitución en 1817, creada antes de concluyera la guerra de la Independencia que, entre otras cosas, estableció la abolición de la esclavitud: “Porque debe alejarse de la América la esclavitud y todo lo que a ella huela, mando que los intendentes de provincia y demás magistrados velen sobre que se pongan en libertad cuantos esclavos hayan quedado —como lo estableció José María Morelos, desde el 5 de octubre de 1813— previniendo a las repúblicas y jueces, que no esclavicen a los hijos de los pueblos con servicios personales que sólo deben a la Nación soberana y no al individuo como a tal… sin distinción de castas, que desde ahora quedan abolidas”. En Estados Unidos no fue sino hasta el año de 1863 cuando Lincoln proponía la emancipación que luego pagó con una guerra civil.

En 1822 fuimos imperio y Agustín de Iturbide se coronaba emperador. Dos años después fue declarado traidor a la Patria y fue fusilado en Padilla, Tamaulipas.

Fue en ese siglo XIX que pagamos con creces el precio de la libertad: perdimos la mitad del territorio —siguiendo los pasos de López—; nos invadieron los gringos y los franceses; hubo una guerra civil entre liberales y conservadores, después de un golpe de Estado. En fin, fue un siglo que terminó con la dictadura, sí, pero finalmente fuimos libres y soberanos en donde nos gobernamos a nosotros mismos.

MARTÍN CASILLAS DE ALBA / Escritor y cronista.
Correo electrónico: malba99@yahoo.com
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