En la entrega del día de hoy quiero dejar a un lado el análisis y debate político para escribir sobre uno de los temas que más me ocupa y preocupa: La creciente ola de violencia en contra de las mujeres.
Después de muchos años de investigar y escribir sobre temas de seguridad pública, además de impartir cursos de seguridad personal, he llegado a la siguiente conclusión: “La mayoría de las mujeres no nos hacemos responsables de nuestra seguridad”. En otras áreas de nuestra vida nosotras hemos buscado tomar más control, por ejemplo en lo que se refiere a nuestras finanzas, nuestra salud física y mental y en nuestra educación. Y es sorprendente que se hable poco, o casi nada, de la importancia de que las mujeres también nos responsabilicemos por nuestra seguridad personal, especialmente al ver las cifras más recientes. Además de la inseguridad generalizada que se vive en México, la violencia intrafamiliar es la gran amenaza para las mujeres.
Decir que las mujeres debemos de asumir más control sobre nuestra seguridad no significa de ninguna manera que estoy culpando a las víctimas de la violencia y del crimen de ser responsables de su victimización. Lo que sí creo es que hay decisiones que podemos tomar que nos ayudan a vivir una vida más segura, reduciendo la posibilidad de que seamos las siguientes víctimas de la violencia y del crimen.
Hay reglas básicas que debemos de seguir, pero parecería que pocas queremos cumplir. En algunas ciudades del país simplemente no se puede portar joyas y se debe vestir con modestia al caminar por la calle. Se debe, además, traer lo mínimo de dinero y tarjetas en la bolsa o cartera. O usar zapatos cómodos que nos permitan correr. Y aun en ciudades más seguras, una mujer siempre está corriendo un riesgo si decide caminar en la noche por una calle sin iluminación y poco transitada. Desafortunadamente, muchas veces le damos prioridad a la moda y a la comodidad y ponemos a un lado cualquier consideración de seguridad.
Uno de los grandes errores que comete la mayoría de las mujeres es no escuchar su instinto cuando les está avisando “hay peligro”. ¿Cuántas de ustedes no sintieron el peligro antes de que fueran víctimas?
Los humanos somos los únicos animales que no sólo no ignoramos los avisos de peligro que nos da el instinto, sino que además, en el caso de las mujeres, nos desgastamos mentalmente cuestionando esa “sensación de incomodidad”. ¿No será que estoy exagerando al ponerme nerviosa porque parece que ese carro me está siguiendo? Me daría mucha pena hacer un escándalo si esos hombres parados en la esquina no me quieren hacer daño. Van a pensar que estoy loca si salgo corriendo. No creo que mi amigo quiera hacerme daño, no quisiera incomodarlo, etc. Estos son ejemplos de excusas que usamos la mujeres para no correr, para no gritar, para no escondernos cuando sentimos que el peligro nos acecha. De hecho preferimos poner en duda nuestra intuición y darle más consideración a los “sentimientos” de nuestro posible agresor (ya sea un conocido o no).
ANA MARÍA SALAZAR/ Analista política.
Correo electrónico: salazaropina@aol.com