El dilema del automóvil


En los tiempos presentes, en efecto, el transporte urbano representa todo un cuadro problemático, complejo y confuso, difícil de resolver con un sentido verdaderamente socioeconómico y político, porque entre otros motivos, a pesar de la actual crisis, se considera a la industria automovilística el motor insuperable e insustituible de la economía de los Estados Unidos, no obstante, como se sabe, el Estado de esta industria se encuentra actualmente en delicada situación.

Recordemos que cuando el automóvil impulsado por gasolina hizo su debut a principios del siglo XX, fue aclamado con justicia como una de las hazañas económicas más prometedoras, llevadas a cabo por el ingenio pragmático de los países anglosajones, verbigratia, los Estados Unidos, donde Henry Ford daría un impulso formidable a ésta lo que sería una gran industria y un formidable emporio económico.

He aquí un increíble medio para trasladarse de un lado a otro en forma rápida. Flexible, eficiente, -y a medida que proliferaba la producción y venta de automóviles-, más barata, y en consecuencia accesible.

En el transcurso de los años, sin embargo, lo que una vez pareció como una bendición se ha convertido en un problema cada vez más grande —inclusive en los países atrasados o de economías emergentes, como lo es México—, casi tan grande como la vida misma, acosando tanto al hombre como a la naturaleza, al medio ambiente en aquello que representa el aspecto climático. En números crecientes, en toda la extensión del mundo, los automóviles obstruyen las ciudades, contaminan el ambiente, y crean enorme desperdicio económico, junto con su poder económico, también enorme.

Pero, ¿cómo quebrantar el creciente dominio del automóvil sobre la sociedad urbana? Hay una respuesta hasta cierto punto valedera, y que consiste simple y llanamente, en un esfuerzo para prestar atención y apoyo financiero al transporte colectivo urbano, un área largamente descuidada tanto en los Estados Unidos, como en la mayoría de ciudades del mundo. Pero a pesar de todo, no es una solución adecuada o correcta por el formidable colapso que representaría el desplazamiento de la industria automovilística, aunque como se sabe el único medio ad hoc para resolver en principio el transporte urbano es el ferrocarril urbano, el llamado en México, Sistema de Transporte Colectivo (STC), o Metro como lo denomina el pueblo.

Además de todo esto, es decir de los problemas que ocasiona el incremento excesivo de automóviles en las ciudades y del gigantismo de la propia industria, especialmente, decíamos, en Estados Unidos, el tener uno o varios automóviles representa para la sociedad de nuestro tiempo un status social de gran trascendencia y repercusión, es el efecto demostración sociológico de que se tiene realmente poder y riqueza.

Por lo que se ve, el problema tiene facetas comunes en todas partes y éste consiste en que en la mayoría de las ciudades del llamado mundo industrializado actual, incluyendo de algún modo a las ciudades de los países de nuestra área, es el de la creciente congestión del tránsito; si hay una necesidad común es el de un eficiente transporte colectivo. En alguna parte el problema es tan grave como en Estados Unidos. Hay más de 100 millones de coches y de camiones en circulación, un programa  enorme de construcción de autopistas, la capacidad de transporte más grande del mundo, así como la cifra mundial de propietarios y usuarios de automóviles. Aproximadamente 85% de viajes y recorridos realizados en ese país, se hacen en automóvil.

Considerado desde hace tiempo en los EU, como el verdadero símbolo de la riqueza y la prosperidad, este enorme número de propietarios de automóviles, y el uso de estos vehículos han creado problemas cada vez más angustiosos: la contaminación, el consumo excesivo de combustibles, los accidentes, la congestión urbana, y el desperdicio de valiosos lotes urbanos, que se emplean exclusivamente para estacionamientos. La misma tendencia está ya arraigada, o en vías de estarlo en otros países.

MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA / Periodista.
Correo electrónico: loppra@economia.unam.mx
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