— Dimes y diretes
“Somos amos de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras”, decían, sabiamente, los antiguos. Hay silencios elocuentes (André Maurois escribió “Los Silencios del Coronel Bramble”, y hay estupendos tratados sobre lo silencios en las partituras de Beethoven). Hay, por contrapartida, discursos lamentables y declaraciones ídem. Por ejemplo, los (“y las”, se apresuraría a puntualizar él mismo) de Vicente Fox.
—II—
Los ex presidentes —todos ellos— deberían aprender que lo ideal es que, como los mirones en el ajedrez, fueran de palo. La excepción de alguna declaración afortunada no hace sino confirmar la regla de que sus discursos, a cualquier nivel, fluctúan entre lo simplemente lamentable y lo decididamente patético. Con otra: que cuando alguna parrafada, eructada por un ex presidente, deviene noticia (la reciente de Miguel de la Madrid sobre los manejos discrecionales de las finanzas públicas por parte de su sucesor, Carlos Salinas, por ejemplo), algo sucede, invariablemente, que prácticamente la invalida. (En el caso, la “aclaración” de que don Miguel, perdonen ustedes, “ya no coordina”).
Vicente Fox fue invitado a participar —se supone que en serio, no como cuando Eugenio Derbez dicta conferencias en el Teatro Diana—, en Viena, en la clausura de un foro del Partido Popular Europeo, denominado “Red Europea de Ideas”. Ahí, dedicó uno de los puntos centrales de su perorata a la “Guerra contra el Narcotráfico” declarada por su sucesor, Felipe Calderón Hinojosa. “Usar al Ejército, usar la fuerza contra la fuerza, no ha resuelto el problema; al contrario —aseveró Fox—, lo ha multiplicado”.
—III—
Aun en la hipótesis —nada despreciable, dicho sea de paso— de que, si no la ciencia, sí, al menos, la experiencia de los ex presidentes pudiera aportar luces a quienes los suceden en el cargo, se antoja pensar que sería más saludable, más constructivo, más útil para el país, si la discreción fuera la tónica de sus aportaciones. La estridencia (inevitable, habida cuenta de que hay foros internacionales —éste de Viena, por ejemplo— que hacen las veces de cajas de resonancia de cuanto ahí se dice..., especialmente si lo que se dice lleva un tono de crítica a los gobiernos o de disidencia con sus acciones), abona muy poco a favor del compromiso moral que quienes han desempeñado el más alto cargo público que un ciudadano puede alcanzar, deberían conservar, de por vida, con el pueblo que les concedió ese alto honor.
“Somos amos de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras”, decían, sabiamente, los antiguos. Hay silencios elocuentes (André Maurois escribió “Los Silencios del Coronel Bramble”, y hay estupendos tratados sobre lo silencios en las partituras de Beethoven). Hay, por contrapartida, discursos lamentables y declaraciones ídem. Por ejemplo, los (“y las”, se apresuraría a puntualizar él mismo) de Vicente Fox.
—II—
Los ex presidentes —todos ellos— deberían aprender que lo ideal es que, como los mirones en el ajedrez, fueran de palo. La excepción de alguna declaración afortunada no hace sino confirmar la regla de que sus discursos, a cualquier nivel, fluctúan entre lo simplemente lamentable y lo decididamente patético. Con otra: que cuando alguna parrafada, eructada por un ex presidente, deviene noticia (la reciente de Miguel de la Madrid sobre los manejos discrecionales de las finanzas públicas por parte de su sucesor, Carlos Salinas, por ejemplo), algo sucede, invariablemente, que prácticamente la invalida. (En el caso, la “aclaración” de que don Miguel, perdonen ustedes, “ya no coordina”).
Vicente Fox fue invitado a participar —se supone que en serio, no como cuando Eugenio Derbez dicta conferencias en el Teatro Diana—, en Viena, en la clausura de un foro del Partido Popular Europeo, denominado “Red Europea de Ideas”. Ahí, dedicó uno de los puntos centrales de su perorata a la “Guerra contra el Narcotráfico” declarada por su sucesor, Felipe Calderón Hinojosa. “Usar al Ejército, usar la fuerza contra la fuerza, no ha resuelto el problema; al contrario —aseveró Fox—, lo ha multiplicado”.
—III—
Aun en la hipótesis —nada despreciable, dicho sea de paso— de que, si no la ciencia, sí, al menos, la experiencia de los ex presidentes pudiera aportar luces a quienes los suceden en el cargo, se antoja pensar que sería más saludable, más constructivo, más útil para el país, si la discreción fuera la tónica de sus aportaciones. La estridencia (inevitable, habida cuenta de que hay foros internacionales —éste de Viena, por ejemplo— que hacen las veces de cajas de resonancia de cuanto ahí se dice..., especialmente si lo que se dice lleva un tono de crítica a los gobiernos o de disidencia con sus acciones), abona muy poco a favor del compromiso moral que quienes han desempeñado el más alto cargo público que un ciudadano puede alcanzar, deberían conservar, de por vida, con el pueblo que les concedió ese alto honor.