— Obcecación
Los boletines oficiales refieren más de 15 mil casos “probables” y cerca de mil 500 “confirmados” de dengue en Jalisco, en lo que va del año. Tangencialmente, los mismos boletines admiten que hay “un considerable subregistro” de la epidemia. Ante la imposibilidad de medir dicho “subregistro” —tecnicismo en que se engloba a los pacientes que se atienden en la medicina privada o recurren a la automedicación, incluidos los mexicanísimos “tecitos”... o dejan sus quebrantos de salud, literalmente, “a la buena de Dios”—, y ante la saturación de los servicios médicos tradicionales (hospitales civiles, centros de salud, Seguro Social, ISSSTE...), donde resplandece la insuficiencia de recursos humanos y técnicos para responder a la sobredemanda, el episodio tuvo, ayer, el clímax previsible: la renuncia del secretario de Salud, Alfonso Gutiérrez Carranza, y la reinstalación en el cargo de su antecesor, Alfonso Petersen Farah.
—II—
Cualquiera repararía, de entrada, en la paradoja de que para vestir un santo (la Secretaría de Salud) se recurriera al antipático expediente de encuerar a otro (el Ayuntamiento de Guadalajara). Sin embargo, como se trata de enfrentar una seria amenaza de salud pública presente y de tomar medidas para una amenaza similar a corto y mediano plazo, la de la influenza estacional que probablemente estará entre nosotros dentro de unas tres semanas, aquí se aplica la máxima de que “En tiempos de guerra, no hay misericordia”. O, como decían los antiguos, “In extrema necessitate, omnia sunt communia”.
Independientemente de la competencia profesional de los funcionarios, hay un factor que tiene un gran peso específico: la credibilidad... Al margen de que la permanencia de Gutiérrez Carranza en el cargo parecía un capricho de su superior jerárquico, ahí están las malditas cifras. Éstas retratan parcialmente —volvemos al “subregistro”— la gravedad de un serio problema, en la medida en que van de por medio la salud y, en un descuido, la vida de la población.
—III—
En la conciencia de quienes se aferraron a sostener en un cargo en que dejó constancia, si no de incompetencia sí de insuficiente capacidad para subsanar limitaciones y deficiencias del sector, para aplicar medidas de prevención y difundir programas de actualización a los médicos y de orientación a la población abierta, quedan algunas muertes que con menos obcecación en defender a ultranza un alfil del ajedrez político y más sensibilidad por cuidar a los peones, quizás hubieran podido evitarse.
Los boletines oficiales refieren más de 15 mil casos “probables” y cerca de mil 500 “confirmados” de dengue en Jalisco, en lo que va del año. Tangencialmente, los mismos boletines admiten que hay “un considerable subregistro” de la epidemia. Ante la imposibilidad de medir dicho “subregistro” —tecnicismo en que se engloba a los pacientes que se atienden en la medicina privada o recurren a la automedicación, incluidos los mexicanísimos “tecitos”... o dejan sus quebrantos de salud, literalmente, “a la buena de Dios”—, y ante la saturación de los servicios médicos tradicionales (hospitales civiles, centros de salud, Seguro Social, ISSSTE...), donde resplandece la insuficiencia de recursos humanos y técnicos para responder a la sobredemanda, el episodio tuvo, ayer, el clímax previsible: la renuncia del secretario de Salud, Alfonso Gutiérrez Carranza, y la reinstalación en el cargo de su antecesor, Alfonso Petersen Farah.
—II—
Cualquiera repararía, de entrada, en la paradoja de que para vestir un santo (la Secretaría de Salud) se recurriera al antipático expediente de encuerar a otro (el Ayuntamiento de Guadalajara). Sin embargo, como se trata de enfrentar una seria amenaza de salud pública presente y de tomar medidas para una amenaza similar a corto y mediano plazo, la de la influenza estacional que probablemente estará entre nosotros dentro de unas tres semanas, aquí se aplica la máxima de que “En tiempos de guerra, no hay misericordia”. O, como decían los antiguos, “In extrema necessitate, omnia sunt communia”.
Independientemente de la competencia profesional de los funcionarios, hay un factor que tiene un gran peso específico: la credibilidad... Al margen de que la permanencia de Gutiérrez Carranza en el cargo parecía un capricho de su superior jerárquico, ahí están las malditas cifras. Éstas retratan parcialmente —volvemos al “subregistro”— la gravedad de un serio problema, en la medida en que van de por medio la salud y, en un descuido, la vida de la población.
—III—
En la conciencia de quienes se aferraron a sostener en un cargo en que dejó constancia, si no de incompetencia sí de insuficiente capacidad para subsanar limitaciones y deficiencias del sector, para aplicar medidas de prevención y difundir programas de actualización a los médicos y de orientación a la población abierta, quedan algunas muertes que con menos obcecación en defender a ultranza un alfil del ajedrez político y más sensibilidad por cuidar a los peones, quizás hubieran podido evitarse.