ENTRE VERAS Y BROMAS

— Regañado

Hubo indicios de que el Presidente Felipe Calderón, la semana pasada, vino a Jalisco seriamente preocupado por los más recientes escándalos protagonizados por el gobernador Emilio González: la transferencia, en un Estado en que las carencias y rezagos son notorios, de recursos del erario para la construcción del Santuario de los Mártires y el Banco de Alimentos de Cáritas; la obcecación en la legalidad —al margen de la flagrante inmoralidad— del acto; y el colmo de los colmos: la ofensa, con la más rotunda de las imprecaciones que se conoce en estas latitudes (el estridente recordatorio del 10 de mayo), precedida de un compungido “Don Juan, absuélvame desde allá”, y de un no menos patético “perdón, señor cardenal”, dedicada a quienes honestamente ejercen el derecho de disentir y se resisten a sólo “callar y obedecer” con respecto a “los altos asuntos del Gobierno”.

—II—

Dicen los enterados que hubo jalón de orejas. Primero, en nombre de los tradicionales principios de doctrina del Partido Acción Nacional: si los panistas históricos —Gómez Morín, González Luna, etc.— ejercitaron heroicamente el derecho ciudadano a someter a escrutinio cada uno de los actos de Gobierno, saltar de ahí a las formas más corrientes de la intolerancia en cuanto se deja de ser oposición y se pasa a ser Gobierno, es una traición a los principios. Segundo, en nombre del cálculo político: si los sistemáticos desatinos del gobernante derivan en expresiones de arrepentimiento por haber votado por el PAN y en la promesa de no volver a hacerlo, es obvio que el PAN —sus indignos abanderados, para ser exactos— se está haciendo el hara-kiri.

—III—

No se sabe si Calderón (que debe estar cansado de oír el epíteto de “espurio”, y no por ello ha insultado públicamente a nadie) le recordó a González que Jesús Reyes Heroles enseñaba que “La política es el arte de tragar sapos sin hacer gestos”, o si le refirió la sabia sentencia de Solón: “Aprende a gobernarte a ti mismo antes de gobernar a los demás”...

Al PAN —¡y al pueblo!— le costó demasiado “el cambio” en que había tantas esperanzas, para que un chivo suelto en una cristalería lo aniquile de esa manera.

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