¡Disculpe señor cardenal!

De alcance nacional

Me ha conmovido mucho su homilía ante los voceadores y hasta me ha quitado el sueño saber ¿a dónde irán al fallecer los ricos y además poderosos e influyentes?, ¿los que cuentan con bienes materiales en exceso —independientemente de la forma en que los hayan adquirido—, mismos que de un tiempo a la fecha se han convertido en funcionarios públicos en los tres niveles de Gobierno, en “representantes populares”, desde regidores, presidentes municipales, diputados locales o federales, senadores, gobernadores, en busca del poder y la influencia?

En suma, todos aquellos que antes sólo se dedicaban a enriquecerse —como usted bien dice— a costa de la explotación de los más pobres; a vivir y acrecentar las herencias recibidas. Quienes por lo visto no se han conformado con eso, sino que ahora también tienen su “chambita” en el Gobierno y se auto imponen sueldos que no desquitan, primero porque de servicio público no saben nada y en segundo término porque su vocación es voraz (además de las utilidades de sus empresas —nada que ver con el caso Mouriño—), a muchos de los cuales usted conoce muy bien porque convive con ellos, es su confesor y guía espiritual, y porque acuden a recibir “el sacramento de la fe” diariamente o por lo menos los domingos y viernes primeros del mes, o simplemente porque unos y otros se dan el tiempo para poder jugar golf juntos.

La inquietud también tiene que ver con el recuerdo histórico de aquellos aprovechados sacerdotes —no todos afortunadamente— que acompañaron a los conquistadores, los cuales realizaban la función catequizadora, pero además, de convencimiento a los indios para que se dejaran explotar hasta la indignidad por los hombres barbados, provenientes de otras tierras.

Tampoco he logrado entender a ciencia cierta la parábola del camello, los pavorreales y demás animales de la Naturaleza, creados por Dios, y el ojo de la aguja, posiblemente porque esos conocimientos están reservados para los doctores en teología, los cuales, acepto, tendrán mucho que enseñarme al respecto.

Y la mera verdad, no es que me preocupe mi caso personal, porque ni soy rico, ni pretendo atesorar fortuna alguna para heredarle a los miembros de mi extensa familia; ni a mis yernos, ni a mis sobrinos, ni a mis nietos, ni a nadie, porque entiendo que Dios nos dota a todos y cada uno de habilidades y capacidades diversas —por gracia— y cada uno es responsable de la utilización de las mismas.

¿O será acaso que San Pedro exigirá copia —por triplicado— de los estados de cuenta de quienes pretendan ingresar al paraíso prometido para los humildes?, que por cierto, no es lo mismo que ser pobre.

Más preguntas

¿No sería mejor compartir con los trabajadores las utilidades, en lugar de estar preocupados por lo que habremos de dejar a nuestros nietos?

¿O de plano debiera aplicar el decir de un amigo que afirmaba: “Contra los ricos, hasta que nos emparejemos; ya después juntos nos defendemos”?

CUAUHTÉMOC CISNEROS MADRID / Presidente de Comunicación Cultural, A.C., Asociación de Periodistas de Prensa, Radio y Televisión.
Correo electrónico: ccmadrid@att.net.mx
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