Dios velado más que revelado

La historia de la Humanidad es historia de la libertad. Pues los seres humanos no nacen libres, nacen dentro de una sociedad de dominación y explotación. Hay hombres y mujeres que dominan a otros y les someten a su voluntad, al servicio de su riqueza, de sus privilegios, de su poder.

Hay una inmensa masa de hombres y mujeres dominados, explotados, excluidos para que otros puedan dominar y crecer. Por eso, la historia es una lucha constante y siempre repetida de los poderosos para imponer su dominación a los dominados, y los dominados luchan o tratan de luchar para defender su subsistencia y conquistar algo de libertad.

Todas las religiones ofrecen una imagen de la Humanidad como algo fijo, estable, positivo globalmente, inmutable creación de Dios. Querer cambiar es estar contra Dios. Por eso la religión vive de los restos del pasado.

La mayoría de los católicos entienden por la palabra Dios, una idea de Dios común a toda la Humanidad con formas diferentes. Está dentro del cosmos como su creador o su ordenador. Es todopoderoso, eterno, capaz de castigar o recompensar, sensible a las oraciones y exigente de sacrificios y donaciones. Hay que pedirle perdón y pagar ese perdón por varias prestaciones. Es el autor del orden o de lo que los seres humanos llaman orden del mundo, y que en realidad es el desorden del mundo. No quieren que se cambie ese orden.

Una de las causas del ateísmo y la indiferencia religiosa que percibimos actualmente en nuestra sociedad recae principalmente en los propios creyentes, ya que con los defectos de su vida religiosa han velado más que revelado, el genuino rostro de Dios. No llegan a percibir la total contradicción entre esa imagen de el Dios que castiga sin conmiseración y el Dios que es “amor y bondad por esencia”, entre el Dios que condena al infierno y el Dios que es pura misericordia y compasión. Lo sorprendente es que creen, a la vez, en un Dios infinitamente bueno y en un Dios vengativo y mal humorado; en un Dios lleno de bondad y de poder pero que necesita ser aplacado con penitencias, sacrificios y limosnas.

Nos muestran, acaso, al Dios del amor, del perdón, de la misericordia, de la gratitud, de la compasión. Muy al contrario, la imagen que predomina es la de un Dios enojado por nuestros pecados, un Dios severo, justiciero y cansado de aguantar los pecados del mundo. Es la imagen del Dios que castiga en éste y en el otro mundo, el Dios enemigo del cuerpo, del placer, de la sexualidad. Gran número de las prácticas religiosas, aun en personas de notable formación religiosa y verdadera piedad, tiene como finalidad la de aplacar la “ira” de Dios, que lo ven como ofendido permanentemente por tantos pecados.

De ahí que el miedo a la muerte y, sobre todo, el miedo al juicio final, sea una constante en su vida religiosa.
Hasta aquí la dejo por falta de espacio.

CARLOS CORVERA GIBSONE / Analista político.
Correo electrónico: carloscorvera@me.com
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