De grito en grito

Bucareli

Las campanadas caen como centavos, dijo el poeta. Los poetas murieron. Los centavos no existen. Y no sabemos si las campanas repican o doblan.

Hay de gritos a gritos. El del niño que nace. El pintado por Munch bajo el cielo en llamas. La vida, a veces. La desolación sin esperanza, otras. Entre los dos, nuestros gritos son lamentos, desahogos o jolgorio de borrachos mariacheros.

Los que estamos en un grito desde hace años nos uniremos mañana en el coro anual de vivas a los héroes que nos dieron patria. Mañana es día del grito. Comenzará desde temprano, cuando el secretario de Hacienda se presente en el pleno de una Cámara de Diputados que demostrará si es nueva o la misma gata revolcada. El señor Agustín Carstens explicará en qué consiste el paquete económico de 2010, que presentó el martes “sin rubor”. Sin rubor, dijo, pensando tal vez en el rosicler de la aurora que asoma a las mejillas de doncellas acosadas por algún caballero audaz. Órale. Lo malo es que la Real Academia Española lo define como el color que la vergüenza saca al rostro y lo pone encendido. Éste es el rubor que el señor Carstens debió haber evitado, pensando las cosas dos veces, antes de elaborar el catálogo de impuestos que ha extraído del fondo de las entrañas de millones el único grito auténtico de la temporada: ¡Qué bárbaros!
“Qué bárbaros” fue el encabezado de La Jornada el miércoles. En dos palabras, Carmen Lira describió el desorden, desconcierto, confusión y temor de decir las cosas claras y completas. Recoge la expresión general ante lo injusto de la propuesta. El aumento disfrazado del IVA estableciendo un impuesto de 2% adicional a todos los bienes y servicios perjudica a los más pobres. Tendrán que pagar más por aspirinas y tortillas. Es cuando el “Qué bárbaros” va más allá de la síntesis periodística: define un grupo y una conducta. Se coloca a la altura de encabezados históricos, como los de Víctor Velarde en la Extra de Últimas Noticias al final de la larga agonía de Stalin. “Todavía no”. Y al día siguiente: “YA”.

Será en la noche, como es costumbre, el grito oficial. Reflectores y cámaras enfocarán sectores escogidos del público para reflejar al país la alegría de la unión, vocablo éste que desde que el mundo es mundo no había sufrido tal desgaste. Antes, un espectáculo gratuito montado por la televisión y después los fuegos artificiales “producto de las manos milagrosas de nuestros artesanos” que celebrarán así, jubilosos, la carga fiscal “establecida para sacar de pobres a 50 millones de pobres”. Ni la burla perdonan.

Las almendras de cristal biselado de los candiles de Bavaria reflejan mil luces en los salones del brindis. Caballeros, traje negro. Damas, vestido de coctel. El tañer de la campana ha cesado y del grito ni sus ecos. Choferes y coches esperan frente a las rejas de la Catedral. Una multitud muda regresa a su casa para llegar en la madrugada a una realidad ineludible y redentora: pagar más impuestos para salir de su pobreza.
Viva México. Viva México. Viva México.

JACOBO ZABLUDOVSKY / Periodista.
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