De Pepe el Toro a Rudo y Cursi

Saber las reacciones del mexicano, conocerlas a través de los escritos de Octavio Paz resulta, para muchos, complejo, pero atraparlas en la comodidad del cine permite en el relajamiento que la diversión ofrece, el libre juego de la jocosidad y la tristeza, el salto mortal de la risa a las lágrimas, desequilibrio de emociones, rudas y cursis que tiñen la vida cotidiana de ésta, nuestra forma de ser. Desde Pedro Infante con su representación de Pepe el Toro, no había habido un análisis cinematográfico del carácter de los mexicanos como el que ofrece la película de Cuarón. Pero si de séptimo arte se habla, no es sólo por el esparcimiento que provoca, cosa válida en vacaciones, sino por el contenido de estas películas donde, además de excelentes actuaciones, se pone de manifiesto los “síntomas del inconsciente colectivo” como diría Paz, para ponernos al día, ofreciéndonos la enorme oportunidad de penetrar en “el desolado panorama de Occidente”, especialmente del mexicano, para luego comprender el por qué de ese regreso constante al punto de partida: el fracaso violentado.

Con Pepe el Toro, la identificación del mexicano fue total; no podía saberse quién retrataba al otro en el argumento. Así, se sucedieron: la pérdida del amor, el infortunio, la invaluable oportunidad de ser, de superarse, la habilidad emprendedora del mexicano, la carpintería y sus esfuerzos, y la desgracia que la ignorancia provoca; luego, como se repite todos los días en este país, ante la adversidad que lo atrapa: la bravura,  la posibilidad de recuperarlo todo con sus puños; pero cuando todo parece llevar a un fin menos dramático: el exceso y la muerte… Entonces, en la vida violada del mexicano, Pepe regresa al inicio, no logró sus anhelos, no cumplió sus expectativas, pero tiene un sucedáneo… un poco de qué asirse para poder seguir viviendo en ese sin vivir del mexicano.   

Rudo y Cursi, en cambio, es tratada con mucho sentido del humor, aunque no se sabe, tampoco importa, si es planeado como parte de la ilusoria fílmica, o sólo refleja la cotidianeidad, porque todo se desarrolla en una cruda y ruda realidad: pobreza y más pobreza… al final del túnel, la esperanza, la habilidad de los mexicanos, esta vez el fútbol… el Rudo y el Cursi como estrellas llaneras descubiertas por un vivales, extranjero claro, que son llevados al éxito instantáneo, dinero y explotación, abandono y traiciones, lealtades y rivalidad de dos hermanos puestas en el  juego de la vida, de la pelota, de la pantalla que se amplía hasta tocar a todos. Y la descripción que Cuarón hace de la camiseta… apego materializado del afecto materno, donde madre y equipo son uno y lo mismo… Al final, la pertinaz ignorancia, otra vez esa ignorancia que devora, lo regresa todo al inicio: los dos hermanos terminan donde empezaron, experiencias que no suman, anhelos que se desdibujan donde obtener no significa nada y transitar lo es todo.

Dos películas; una misma visión en dos contextos, con un mismo final: lo inevitable, “su propio destino como Cristo humillado”. Sólo una diferencia, la realidad mexicana actual del Rudo y del Cursi  tiene una “salvación”:  la que el narco ofrece… la muerte como “máscaras mexicanas” que Paz retrató y que hoy parecen devorar lo que queda de la vida de Pepe el Toro… lo que queda de este violado país.
LOURDES BUENO / Investigadora de la UdeG.

Correo electrónico: lourdesbueno03@yahoo.com.mx
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