De las Olimpíadas en Beijing hemos recibido algunas lecciones. La primera tiene que ver con el respeto que tienen los deportistas al resultado de sus competencias, pues una vez que han llegado al campo de los hechos, y según la especialidad son medidos de tres maneras: el que tenga un mejor tiempo (pista y campo o natación); el que tenga más puntos en un tiempo dado (voleibol, tiro del arco) y, uno más delicado, cuando es el puntaje de los jueces (clavados, gimnasia o lucha), a pesar de la fórmula y su sentido común matemático, eliminando las calificaciones muy bajas o altas para que sea el promedio el que dé el resultado.
En todo caso, el que gana lo celebra y recibe su medalla, y el que no, no —como decía el alcalde de Lagos—; aunque sea por el toque o una centésima de segundo o medio punto, el perdedor acepta el resultado y se regresa a su casa a prepararse para Londres 2012, o se dedica a la jardinería.
La mosca en la sopa fue Ara Abrahamian, el luchador —¿sueco?— quien aventó su medalla de bronce al suelo como protesta por la decisión de los jueces. El Comité Olímpico Internacional (COI) lo expulsó de Beijing por violar el juego limpio durante la ceremonia de premiación, después de haber ganado en la división de los 84 kilos en la lucha grecorromana, y éste se fue furioso porque lo declararon perdedor en las semifinales frente al italiano Andrea Minguzzi, con todo y su berrinche.
Poco le faltó —como sucede en nuestras latitudes— que se declarara como “ganador legítimo”, organizara en la Plaza Roja de Beijing su protesta, llevara a cabo nueva convención olímpica democrática y, por supuesto, se auto confirmara, en ese podium alternativo, “campeón legítimo” de la lucha grecorromana en Beijing.
Una y otra vez hemos visto cómo muchos de ellos no clasifican y, sin embargo, no hemos visto, excepto a este sueco, que hagan algo parecido a lo que hemos vivido en México —en el campo de los deportes olímpicos de la especialidad política—, menos que mantengan su berrinche todo un sexenio, hasta que se suceda —el mismo año que en Londres— la siguiente elección olímpica, donde ojalá podamos ver como aquellos deportistas del Carro de Fuego —¿se acuerdan?—, esos atletas que, como la rusa Isinbayeva, hacen deporte por puro gusto y por eso vuelan por las alturas dando su alma jugando para lograr un mejor récord.
“México tiene que trabajar a fondo en la educación deportiva en las escuelas” —dijo José Ramón Fernández—, y sigue sin haber una decisión para lograr esto a fondo. Parece que nadie sabe cómo organizar el deporte y todo es una simulación y una pérdida de dinero, lleno de mentiras, sin mecanismos que reconozcan y adopten a los niños desde los ocho años que tengan facultades para apoyarlos desde entonces, bien alimentados, con técnicos, psicólogos, entrenadores y demás, sin que hagamos como que hacemos, pero no hacemos nada.
MARTÍN CASILLAS DE ALBA / Escritor y cronista.
Correo electrónico: malba99@yahoo.com
En todo caso, el que gana lo celebra y recibe su medalla, y el que no, no —como decía el alcalde de Lagos—; aunque sea por el toque o una centésima de segundo o medio punto, el perdedor acepta el resultado y se regresa a su casa a prepararse para Londres 2012, o se dedica a la jardinería.
La mosca en la sopa fue Ara Abrahamian, el luchador —¿sueco?— quien aventó su medalla de bronce al suelo como protesta por la decisión de los jueces. El Comité Olímpico Internacional (COI) lo expulsó de Beijing por violar el juego limpio durante la ceremonia de premiación, después de haber ganado en la división de los 84 kilos en la lucha grecorromana, y éste se fue furioso porque lo declararon perdedor en las semifinales frente al italiano Andrea Minguzzi, con todo y su berrinche.
Poco le faltó —como sucede en nuestras latitudes— que se declarara como “ganador legítimo”, organizara en la Plaza Roja de Beijing su protesta, llevara a cabo nueva convención olímpica democrática y, por supuesto, se auto confirmara, en ese podium alternativo, “campeón legítimo” de la lucha grecorromana en Beijing.
Una y otra vez hemos visto cómo muchos de ellos no clasifican y, sin embargo, no hemos visto, excepto a este sueco, que hagan algo parecido a lo que hemos vivido en México —en el campo de los deportes olímpicos de la especialidad política—, menos que mantengan su berrinche todo un sexenio, hasta que se suceda —el mismo año que en Londres— la siguiente elección olímpica, donde ojalá podamos ver como aquellos deportistas del Carro de Fuego —¿se acuerdan?—, esos atletas que, como la rusa Isinbayeva, hacen deporte por puro gusto y por eso vuelan por las alturas dando su alma jugando para lograr un mejor récord.
“México tiene que trabajar a fondo en la educación deportiva en las escuelas” —dijo José Ramón Fernández—, y sigue sin haber una decisión para lograr esto a fondo. Parece que nadie sabe cómo organizar el deporte y todo es una simulación y una pérdida de dinero, lleno de mentiras, sin mecanismos que reconozcan y adopten a los niños desde los ocho años que tengan facultades para apoyarlos desde entonces, bien alimentados, con técnicos, psicólogos, entrenadores y demás, sin que hagamos como que hacemos, pero no hacemos nada.
MARTÍN CASILLAS DE ALBA / Escritor y cronista.
Correo electrónico: malba99@yahoo.com